Había sido citada a primera hora de la
mañana en la sala de reuniones del edificio principal del campus. No obstante,
varias horas antes de que los primeros rayos de sol hicieran acto de presencia,
ella ya se hallaba en pie.
Sobre una mesa de noche una vela próxima a
su consumación, aún poseía la suficiente fuerza para alumbrar, con cierta
tenuidad, el dormitorio. No era un lugar muy amplio, aunque sí lo suficiente
para cumplir con las necesidades básicas y poco más de lo que se puede esperar
de una habitación: una pequeña cama junto a la pared, una mesa de noche justo
al lado, en frente una cómoda, un armario de una sola puerta y, en el otro
extremo, un pequeño escritorio con su correspondiente asiento.
La joven, aún sentada en el borde de la
cama, estiró la espalda hasta oír crujir las vértebras. Percibió el frío que
emitían las baldosas de piedra contra sus pies descalzos y reprimió un
escalofrío mientras frotaba la parte inferior de sus piernas, allá por dónde el
bajo de su camisón ya no la abrigaba.
Se puso en pie en un acto de valentía,
dispuesta a afrontar las consecuencias de la noche anterior. Caminó con paso
decidido y se acercó a la cómoda, cuyos cajones empezó a rebuscar hasta encontrar
alguna pieza de ropa que fuera de su talla o, al menos, que se acercara. Tomó
unos pantalones marrones y una camisa blanca de manga ancha. Encontraba a esta
prenda un tanto desfasada, pero al ser prácticamente su talla, no podía
quejarse. Por no hablar, de que no contaba con ropa limpia. Al abrir el
armario, encontró un abrigo colgado y unas botas al fondo. No necesitó ser una
lumbrera para saber que le irían algo grandes, aun así, las cogió y se sentó en
la cama, una vez vestida, a anudarlas. Sobre el espaldar de una silla yacía su
cinturón de armas. Cercioró que todo su arsenal permanecía intacto antes de
equipárselo y abandonó el dormitorio.
Al salir al largo pasillo, tan silencioso
como intransitado, miró en ambas direcciones, desorientada. Entrecerró los
ojos, tratando de rememorar el camino que había tomado la noche anterior para
llegar al punto donde se encontraba.
-Justice -la llamó alguien por su apellido
a sus espaldas.
Giró sobre sus talones para ver a su
derecha, justo al final del largo y lóbrego pasillo a una figura humana
llamándola con un gesto de la mano.
-Ven.
La muchacha obedeció la orden de inmediato.
En cierto modo, aquel joven alto y delgado, poseía el poder suficiente para
mandar sobre ella; las condiciones bajo las que lo consideraba su “superior”
resultaban de lo más peculiares. Sin embargo, durante todo el tiempo que se
había prolongado la última parte de su entrenamiento, nunca había abusado de su
autoridad. Se había mostrado comprensivo y siempre dispuesto a escuchar las propuestas
del grupo al que coordinaba para que la misión saliera correctamente. No
obstante, a pesar de sus intentos por controlarse, la noche anterior había
montado en cólera al enterarse cómo su amiga, Samantha, y ella decidieron
desobedecer las órdenes y separarse del grupo para actuar por cuenta propia.
-¡Ha sido la mayor irresponsabilidad que he
presenciado en mucho tiempo! Agradece que tu amiga aún se encuentre viva porque
vuestra falta de sensatez y obediencia, pudo haber acabado en tragedia.
¡Podríamos haber estado hoy guardando silencio en memoria de Egbreicht! -le
había espetado el joven una vez llegaron al campus.
La chica pensaba que volvería a oír unas
palabras semejantes ahora que se había detenido ante él. Sin embargo, el joven
simplemente le dedicó una mirada con sus característicos ojos negros rasgados.
Parecían cansados y era evidente que lo estaba, a juzgar por las marcas moradas
bajo los ojos. Seira distinguió en su expresión algo parecido a la compasión.
-Buenos días, Justice -la saludó con una
elegante inclinación de cabeza y tronco.
La joven trató de responder a la misma con
semejante gracia. Si bien no necesitaba de nadie que le dijera que no lo había
conseguido.
-Buenos días, señor Shun -saludó sin alzar
la mirada del suelo, no fuera que su superior lo tomara como un desafío.
-Señorita Justice, no hace falta que se
dirija a mi persona con tales honoríficos. Para ser sincero, soy yo quien debe
mostrar respeto ante usted, pues no soy más que un simple asistente personal.
“Concretamente el del Magíster de Davon”,
añadió mentalmente la chica.
Akira Shun era conocido por ser la mano
derecha de Charles Krikz, Magíster de Davon y, por tanto, máximo responsable de
la coordinación de todos los campus, así como de los Centinelas del país.
Cierto era que Davon no era la mayor potencia del continente, pero el puesto
que ocupaba Krikz, resultaba de lo más codiciado e influyente. Es por ello que
Shun era concebido como un superior, ya que poseía la potestad para ordenar o,
simplemente, influenciar directa o indirectamente sobre los ejércitos de Davon,
gracias al respaldo de su señor.
-Por favor, no soy digna de semejantes
tratos y, menos aún, cuando soy una mera aprendiz.
Shun dio un paso en su dirección, mas ella
contuvo el instinto de recuperar la distancia que los separaba y, muy
disciplinadamente, agachó la cabeza y ocultó la mirada.
-Un domador -empezó a hablar Akira Shun con
lentitud, de manera que se resaltaba su acento yorshariano, mientras con índice
y corazón le hacía alzar la barbilla a Seira para mirarla directamente a los
ojos-, puede conseguir que toda una manada de leones y otros animales feroces
se postren ante él. El hombre paseará entre las bestias con gracia y altanería
ante semejante logro, sin saber que la auténtica fiereza puede ser postrada,
pero jamás aplacada. El instinto animal siempre acaba sobreponiéndose a la
opresión del hombre.
La joven sintió cómo aquel chico clavaba
sus ojos negros en los pardos de ella, como tratando de ahondar en su mente, de
leer sus pensamientos o descubrir y descifrar sus más íntimos secretos. Aunque,
empezaba a intuir con acierto que, simplemente, indagaba en la fiereza que
aguardaba domada en su interior. Y ella se sentía orgullosa de que la
consideraran una fiera a la que no poder amansar, alguien de quien no poder
esperar completa redención y sumisión. Por ello, tomó aire lentamente hasta
llenar sus pulmones e hinchar el pecho al mismo tiempo que echaba cabeza y
hombros hacia atrás.
Shun rompió el contacto físico, pero no el
visual:
-Los acontecimientos sucedidos la noche
anterior, no son los más brillantes que haya presenciado alguna vez. Aun así,
abogaré por ambas. Ruego os presentéis a la hora acordada. Ahora, apresuraos
para ir a comprobar cómo se encuentra la señorita Egbreitch. Recordad no entreteneros
por el camino.
Seira sintió cómo de sus hombros se
desprendía una pesada carga que, hasta entonces, hacía que tuviera la sensación
de que todo ella pesara más y le costara hasta el andar. Saber que Akira Shun
alegaría a favor de su amiga y ella, realmente, suponía una completa
liberación. Si Shun decidía intervenir, resultaba indudable que contaban con el
respaldo de Charles Krikz, dato que la junta tendría en cuenta.
LL