Lejos, en algún lugar determinado, pero ajeno para el
resto del mundo, salvo para aquella mirada verde, ese día más melancólica de lo
habitual, ésta se perdía. Físicamente no llegaría más allá de una calle. Tal
vez, como mucho dos. No encontraría más que tejados y el ajetreo y las prisas
de vecinos, viajeros, aventureros y transeúntes. Sin embargo, espiritualmente,
sobrepasaba los tejados y la sinuosa telaraña de calles y callejones que
conducían hacia la plaza, el centro de la ciudad; volaba a varios metros sobre
las casas, soñaba con esos anhelos, deseos y pensamientos que su personalidad
hosca y esquiva nunca compartía. Su gesto siempre estoico, imperturbable.
Aunque los fantasmas parecían devorarle las entrañas y apoderarse de su alma.
El hijo de la institutriz Renée Jeanly rara vez
parecía atento a lo que lo rodeaba. Por ello, Genevra Conagalle no se
sorprendió ni un ápice al encontrarlo sentado en el alféizar de uno de los
ventanales de la biblioteca con la mirada perdida. Pensó en decirle algo,
cualquier cosa para hacerle saber que no se hallaba solo. No obstante, guardó
silencio, conocedora de lo molesto que llegaba a parecerle al joven que lo
importunaran de tal forma.
Eriq era de lo más imprevisible; podía afirmar con
total rotundidad que algo era blanco y al segundo gritar de enfado o júbilo
porque resultó negro. Además de no ser alguien con quien poder entablar una
conversación mínimamente decente, tampoco aparentaba muchos ánimos por serlo.
Guardar las formas para él parecía significar “comportarse lo necesario para
que su madre conservara el puesto de trabajo”. Sus estrategias resultaban de lo
más cuestionables, aunque nadie podía negar que no fueran eficaces, teniendo en
cuenta que, tras más de diez años, Renée Jeanly aún ostentaba su cargo como institutriz.
Genevra pasaba distraídamente la yema de los dedos por
el lateral de los libros mientras dedicaba furtivas miradas al joven a través
de los resquicios entre una fila y la siguiente. Se detuvo al llegar al final
de la estantería y volvió la vista hacia él una vez más antes de girar a la
derecha y seguir adentrándose en una nueva hilera de estantes. Un volumen
encuadernado en negro llamó su atención, aunque se encontraba, literalmente,
fuera de su alcance. Giró sobre sí misma, tratando de encontrar la escalera
corrediza para conseguir llegar hasta él.
-¿Es esto?-le indicó una voz de barítono,
sobresaltándola.
Genevra miró por encima de su hombro para corroborar
quién había hablado, si bien ya sabía que se trataba de Eriq Jeanly. Lo que no
intuyó fue que se encontraría sosteniendo justo lo que ella buscaba.
-Sí -respondió con simpleza.
-De nada -apuntó el joven con un deje irónico en el
tono, al mismo tiempo que hacía coincidir la parte superior de la escalera con
los raíles de la estantería-. No obstante, permitid que termine de ayudaros, ya
luego me lo agradeceréis como es debido.
Genevra escondió la mirada, abrumada por el guiño de
ojos de Eriq y las intencionadas connotaciones de su comentario.
Eriq colocó el pie derecho en los primeros peldaños y
se impulsó con el otro. La escalera se deslizó y detuvo a escasos centímetros
de Genevra.
-Creedme, os dejaría a usted sola trepar por esta
escalera, mas no quisiera yo que os avergoncéis nuevamente, si, por un casual,
las faldas de vuestro vestido… accidentalmente… revelan lo que esconden debajo…
otra vez.
Cuando, finalmente, Genevra alzó la cabeza, con el
rostro tan rojo como incendiado lo percibía, deseó no hallarse tan abrumada
como para no ser capaz de formular argumento. De no tener a Eriq sonriéndole
con la inocencia de un niño como si nada inapropiado hubiera insinuado,
seguramente se hubiera sentido menos avergonzada.
-¿Lo veis? La mera mención de lo ocurrido anoche os
ruboriza -el joven señaló con el índice varios de los libros. Genevra,
entendiendo la pregunta no verbalizada, respondió con un ligero movimiento de
cabeza y mano-. No tenéis nada de lo que avergonzaros, tampoco es la primera
vez que veo lo que una joven esconde bajo la ropa. ¿Política? -inquirió
repentinamente, tomado por sorpresa, repasando visualmente el título del
volumen que acababa de coger. Negó varias veces con la cabeza y retomó su
discurso-: He de reconocer, que me encuentro habituado a lidiar con ese tipo
de…
El joven se interrumpió con brusquedad y alzó la
cabeza. Desde su posición le resultaba sencillo ver detalladamente cualquier
rincón de la sala.
-¿Ocurre algo? -preguntó Genevra, tenuemente alarmada.
-Nada. Simplemente me pareció oír algo, pero no creo
que…
-Tal vez se trate de…
-Sí, seguramente -respondió él, tajante, sin permitir
que la muchacha terminara la oración.
Eriq descendió con gracia por la escalera, flexionando
ligeramente las rodillas para amortiguar el aterrizaje.
-Genevra -la llamó bajando el tono-, escucha.
Aparentaba estar realmente preocupado por lo que
tuviera que decir a continuación, lo cual le resultaba tan nuevo como llamativo
a la chica. Pocas veces la expresión de Eriq mostraba auténticos indicios de
sus posibles emociones y sentimientos. Se acercó a ella y con una suya, tomó
las dos manos de ellas. Además, no podía obviar que la había llamado por su
nombre y no por su apellido, y no había empleado ningún formalismo
-Me preocupa que te involucres demasiado en…
determinados asuntos. Sólo espero que no te dé problemas -dijo, refiriéndose al
libro que dejaba entre sus manos-. Si quieres simplemente una fuente de
información, seguro este es tu mejor aliado, pero ambos sabemos que es mucho
más que eso. Te estás metiendo en terreno desconocido, Genevra, ten… ¡CUIDADO!
LL
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