viernes, 27 de enero de 2017

Capítulo IV


   Lejos, en algún lugar determinado, pero ajeno para el resto del mundo, salvo para aquella mirada verde, ese día más melancólica de lo habitual, ésta se perdía. Físicamente no llegaría más allá de una calle. Tal vez, como mucho dos. No encontraría más que tejados y el ajetreo y las prisas de vecinos, viajeros, aventureros y transeúntes. Sin embargo, espiritualmente, sobrepasaba los tejados y la sinuosa telaraña de calles y callejones que conducían hacia la plaza, el centro de la ciudad; volaba a varios metros sobre las casas, soñaba con esos anhelos, deseos y pensamientos que su personalidad hosca y esquiva nunca compartía. Su gesto siempre estoico, imperturbable. Aunque los fantasmas parecían devorarle las entrañas y apoderarse de su alma.

   El hijo de la institutriz Renée Jeanly rara vez parecía atento a lo que lo rodeaba. Por ello, Genevra Conagalle no se sorprendió ni un ápice al encontrarlo sentado en el alféizar de uno de los ventanales de la biblioteca con la mirada perdida. Pensó en decirle algo, cualquier cosa para hacerle saber que no se hallaba solo. No obstante, guardó silencio, conocedora de lo molesto que llegaba a parecerle al joven que lo importunaran de tal forma.

   Eriq era de lo más imprevisible; podía afirmar con total rotundidad que algo era blanco y al segundo gritar de enfado o júbilo porque resultó negro. Además de no ser alguien con quien poder entablar una conversación mínimamente decente, tampoco aparentaba muchos ánimos por serlo. Guardar las formas para él parecía significar “comportarse lo necesario para que su madre conservara el puesto de trabajo”. Sus estrategias resultaban de lo más cuestionables, aunque nadie podía negar que no fueran eficaces, teniendo en cuenta que, tras más de diez años, Renée Jeanly aún ostentaba su cargo como institutriz.

   Genevra pasaba distraídamente la yema de los dedos por el lateral de los libros mientras dedicaba furtivas miradas al joven a través de los resquicios entre una fila y la siguiente. Se detuvo al llegar al final de la estantería y volvió la vista hacia él una vez más antes de girar a la derecha y seguir adentrándose en una nueva hilera de estantes. Un volumen encuadernado en negro llamó su atención, aunque se encontraba, literalmente, fuera de su alcance. Giró sobre sí misma, tratando de encontrar la escalera corrediza para conseguir llegar hasta él.

   -¿Es esto?-le indicó una voz de barítono, sobresaltándola.

   Genevra miró por encima de su hombro para corroborar quién había hablado, si bien ya sabía que se trataba de Eriq Jeanly. Lo que no intuyó fue que se encontraría sosteniendo justo lo que ella buscaba.

   -Sí -respondió con simpleza.

   -De nada -apuntó el joven con un deje irónico en el tono, al mismo tiempo que hacía coincidir la parte superior de la escalera con los raíles de la estantería-. No obstante, permitid que termine de ayudaros, ya luego me lo agradeceréis como es debido.

   Genevra escondió la mirada, abrumada por el guiño de ojos de Eriq y las intencionadas connotaciones de su comentario.

   Eriq colocó el pie derecho en los primeros peldaños y se impulsó con el otro. La escalera se deslizó y detuvo a escasos centímetros de Genevra.

   -Creedme, os dejaría a usted sola trepar por esta escalera, mas no quisiera yo que os avergoncéis nuevamente, si, por un casual, las faldas de vuestro vestido… accidentalmente… revelan lo que esconden debajo… otra vez.

   Cuando, finalmente, Genevra alzó la cabeza, con el rostro tan rojo como incendiado lo percibía, deseó no hallarse tan abrumada como para no ser capaz de formular argumento. De no tener a Eriq sonriéndole con la inocencia de un niño como si nada inapropiado hubiera insinuado, seguramente se hubiera sentido menos avergonzada.

   -¿Lo veis? La mera mención de lo ocurrido anoche os ruboriza -el joven señaló con el índice varios de los libros. Genevra, entendiendo la pregunta no verbalizada, respondió con un ligero movimiento de cabeza y mano-. No tenéis nada de lo que avergonzaros, tampoco es la primera vez que veo lo que una joven esconde bajo la ropa. ¿Política? -inquirió repentinamente, tomado por sorpresa, repasando visualmente el título del volumen que acababa de coger. Negó varias veces con la cabeza y retomó su discurso-: He de reconocer, que me encuentro habituado a lidiar con ese tipo de…

   El joven se interrumpió con brusquedad y alzó la cabeza. Desde su posición le resultaba sencillo ver detalladamente cualquier rincón de la sala.

   -¿Ocurre algo? -preguntó Genevra, tenuemente alarmada.

   -Nada. Simplemente me pareció oír algo, pero no creo que…

   -Tal vez se trate de…

   -Sí, seguramente -respondió él, tajante, sin permitir que la muchacha terminara la oración.

   Eriq descendió con gracia por la escalera, flexionando ligeramente las rodillas para amortiguar el aterrizaje.

   -Genevra -la llamó bajando el tono-, escucha.

   Aparentaba estar realmente preocupado por lo que tuviera que decir a continuación, lo cual le resultaba tan nuevo como llamativo a la chica. Pocas veces la expresión de Eriq mostraba auténticos indicios de sus posibles emociones y sentimientos. Se acercó a ella y con una suya, tomó las dos manos de ellas. Además, no podía obviar que la había llamado por su nombre y no por su apellido, y no había empleado ningún formalismo

   -Me preocupa que te involucres demasiado en… determinados asuntos. Sólo espero que no te dé problemas -dijo, refiriéndose al libro que dejaba entre sus manos-. Si quieres simplemente una fuente de información, seguro este es tu mejor aliado, pero ambos sabemos que es mucho más que eso. Te estás metiendo en terreno desconocido, Genevra, ten… ¡CUIDADO!
                    LL

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