jueves, 7 de julio de 2016

Capítulo I


Las noches de invierno comenzaban a endurecerse. El frío había aumentado drásticamente en los últimos días y los más ancianos anunciaban tormentas acompañadas por las primeras nevadas del año. Los campesinos, temerosos, se habían puesto en marcha para procurar conservar la mayor parte de la cosecha. Sin embargo, no eran positivos y predecían grandes pérdidas.

Como todos los inviernos desde hacía ya cinco años, los mismo que tenía su primogénito y único hijo, Aleixandra pasaría la estación en una tranquila casa situada a varios días de la ciudad más cercana.

Tras haber recogido la mesa y limpiado los instrumentos de cocina, se dirigió al salón, dispuesta a avivar la llama que comenzaba a apagarse en la chimenea; se aseguró de que ésta tenía la suficiente madera como para mantenerse viva durante toda la noche. A continuación, reforzó el cierre de las contraventanas y ventanas, así como el seguro de la puerta, un grueso leño que la atravesaba de lado a lado. Realmente, no temía que alguien entrara en medio de la noche, pero desde mediados de día venía alzándose un fuerte viento cuyo murmullo se alzaba como aullidos de lamento, incluso, a través de los muros de la casa.

En el sofá, bajo varias capas de manta, un pequeño bulto se removía inquieto. La mujer rodeó el mueble hasta tomar asiento en el otro lado. Suspiró teatralmente, aunque una parte de sí se hallaba realmente agotada, y exclamó:

-¡Dónde estará este niño! Lo más probable es que me haya abandonado y dejado sóla.

Junto con el crepitar de la chimenea resonó en la sala una risa infantil mal disimulada que llenó el salón proveniente de la pila de mantas. Aleixandra sonrió instintivamente ante semejante sonido. Había algo en la risa de un niño, entre la franqueza y lo pueril, que evocaba en ella una ternura desmesurada. Le resultaba la más ciertas de las evidencias de la nobleza del alma, que con los años se marchita devastado por sentimientos negativos.

-¿Qué será de mí ahora?

Una nueva risa se escapó de debajo de las mantas. Aleixandra se dejó caer sobre éstas, apoyando los antebrazos a ambos lados para no aplastar al pequeño.

-¡Mi pequeño! ¿Adónde habrá escapado?

Unos dedos pequeños y regordetes asomaron al borde de la tela y tiraron lentamente de ésta lo justo y necesario para dejar al descubierto unos rebeldes mechones rubios que caían de cualquier manera sobre unos curiosos ojos verdes que la miraban directamente a los azules de ella. La mujer paso con delicadeza la mano derecha por el cabello del pequeño, apartándoselo hasta ver cada mechón en su sitio.

-Yo no me voy -comentó en susurro el niño a su madre, destapando del todo su rostro, como si confesara un valioso secreto-. Me quedo contigo siempre.

La mujer, conmovida, depositó un suave beso sobre la frente de él, justo entre ambas cejas. Lo contempló largo rato en silencio, salvo por la respiración de ambos arremolinándose y el crepitar del fuego. Desde el mismo día que lo sostuvo entre sus brazos, había grabado en su mente todos y cada uno de los detalles que configuraban la faz de su hijo. Por ello, se sorprendía a sí misma, casi constantemente, repasando las largas y espesas pestañas que le enmarcaban la mirada, de un color esmeralda más puro que la misma gema, ahora con el brillo del fuego reflejado en ellos; siguiendo la curva de su nariz ligeramente redondeada y luego la de sus pequeños labios; pasando la vista por la delicada mandíbula, encontrando, inevitablemente, parecido con…

-¿Me cuentas un cuento, por favor? -interrumpió el niño los pensamientos de su madre de golpe.

-Claro que sí, Eriq -respondió en un suspiro.

La atención que requería su hijo, desde su punto de vista, se hallaba por encima de todo cansancio. Todas las noches así lo hacía y así seguiría siendo hasta que él quisiera. Por ello, olvidó las voces procedentes desde su dormitorio, de una cama que prometía arroparla mientras se reconciliaba con el sueño tras tantas noches sin poder hacerlo.

Un viejo volumen encuadernado en piel de tonos rojizos asomó bajo la pila de mantas. El pequeño lo sostenía delante de su pequeño rostro, como si tratara de esconderse tras éste por miedo a que su madre cambiara de opinión al ver de qué se trataba. Aleixandra pasó distraídamente los dedos sobre la cubierta. El relieve en plata de las letras que le daba nombre, destelló en tonos naranjas y dorados a causa de la llama que mantenía el calor de la casa. O, quizás, simplemente la naturaleza del característico color que había adoptado, tenía su origen en el refulgir de las batallas y la sangre en ellas derramada que se narraban en su interior.

Había algo en la tranquilidad que parecía transmitirle esas historias a su hijo que robaba la suya. No obstante, pese a lo inquietante, Aleixandra jamás se había negado a relatarle las historias. Pues no eran meras invenciones, sino la realidad. Cruel y despiadada, pero, al fin y al cabo, la verdad del pasado sobre el que los humanos construían un futuro.

La mujer parpadeó como si volviera a la realidad, abandonando el calor de la sangre en sus pensamientos, aunque dispuesta a retomarlo cuando tomó entre sus finos y delicados dedos el libro que le pasaba el pequeño.

“Las Doce Descomunales” rezaba en la tapa.

Con dicho título se recordaba a las doce “grandes” (para ella no había nada de grandeza en la devastación) Guerras que en algún momento de la historia había desolado el mundo. Tres de ellas resultaban más destacables, teniendo en cuenta la magnitud de éstas en comparación con las nueve restantes. No precisamente porque en las otras por los campos de batallas no hubiera corrido una inmensa cantidad de sangre; habían sido brutales: desolación, reinos enteros arrasados, continentes incluso… Sino por las posteriores consecuencias y acontecimientos desatados.

Aleixandra pasó la primera página. Aquel tomo debió ser escrito por algún erudito que prefirió mantenerse en el anonimato, pues su posible nombre no rezaba por ningún lado. Sus ágiles dedos continuaron haciendo sucederse las páginas hasta la doce, donde la historia comenzaba a relatarse. Se detuvo para aclararse la garganta y dedicarle una mirada a su hijo, quien la miraba con el brillo de la emoción contenida por volver a oír las devastadoras historias que tanto lo fascinaban:

-“En el comienzo de los tiempos…” -leyó Aleixandra en los labios de su hijo.



“En el comienzo de los tiempos, poco más que inquietante oscuridad pudo palparse. Miles son las leyendas que dan forma a ese irracional temor de la humanidad por lo desconocido. Los dioses, entre distintas religiones, mutan: sus nombres, sus poderes sacados de lo sobrenatural…, mas todos comparten un fin: acallar y apaciguar las masas, propiciando que éstas encuentren razones para adjudicar sentidos, que bien pueden ponerse en tela de juicio, razonables a cuanto son incapaces de razonar.

Llegados a este punto, cabe aclarar que, ciertamente, no importa cómo se formó nuestro mundo, ni ninguna de las miles de teorías que con tanto afán tratan de esclarecer dicho panorama.

Existe una verdad. Única, innegable y común para todas las culturas y creencias. A esta exactitud se la conoce como historia.

La Primera de Las Doce Descomunales es destacable como la más importante, tanto por la, hasta entonces, inédita circunstancia que la envuelve y por los desencadenantes de Guerras venideras. El eje central de La Primera Descomunal, radica en los primeros dos brujos de la historia: Mirko-václav y Hi-Jiram-Hikov.

Las historias cuentan, muchas de ellas rebosantes de floritudas, algo normal teniendo en cuenta la metamorfosis que sufre el don de la palabra desde la tradición oral hasta la escrita, que estos dos hermanos fueron abandonados, indirectamente, por su padre junto a la cordillera que separa el continente de Hiactonum del de Aurumterra. El hombre, incapaz de conseguir alimento siquiera para saciar su propia hambre, en contra de la voluntad de su esposa, vendió a sus hijos a un noble a quien no le desagradaba la idea de conseguir dos siervos. Sin embargo, cansado de los intentos de los muchachos por escapar, los envió sin el menor de los remordimientos a la mencionada cordillera.

Nunca nadie se había adentrado en ella, mucho menos internado en el ancestral bosque que escondía. Hay quien dice que Mirko-Václav y Hi-Jiram-Hikov, sintieron la llamada del hambre, de la supervivencia y otros de algo mucho más poderoso que los sedujo y atrajo hasta la misteriosa, inexplorada e inmensa masa verde.

¿Fue la cristalina agua en la que se reflejaban y de la que bebieron la clave para el cambio? ¿Los aromáticos frutos que comieron? Lo cierto es que resulta imposible datar el proceso. Sin embargo, todas las leyendas, mera fantasía en su totalidad que los humanos usan para dar sentido a lo inexplicable, contienen una pizca de verdad; Mirko-Václav, el mayor de los hermanos, poseía un gran corazón, valiente y justiciero, y el espíritu de la naturaleza, una primitiva magia, por primera vez habitó en el alma de un ser. A su vez, Hi-Jiram-Hikov también recibió sus dones, aunque mucho más reducidos a los de su admirado hermano. Cabe destacar el encandilamiento de este último por el primero, teniendo en cuenta los acontecimientos venideros.

El corazón del mayor de los hermanos resultó no ser tan puro como el progenitor de sus nuevos y colosales poderes, a priori, juzgó. El odio y el desprecio sufrido en sus años más tempranos por parte de aquellos a los que amó, pasó a convertirse en el sentimiento más profundo de venganza y cólera jamás conocido. Abandonó el bosque a lomos de un fiero corcel negro como el ébano, como su corrompida y putrefacta alma, como la noche en la que la más cruel de las muertes ingeniadas a su padre causó.

Aniquiló, devastó y exterminó todo a su paso. Dibujaba sonrisas en su rostro cada vez que le suplicaban clemencia; reía cuando la voz de estos temerosos era acallada por las llamas. Disfrutó la venganza, saboreaba la sangre derramada como el más exquisito de los manjares.

No obstante, a pesar de que contaba con el incondicional apoyo de su hermano, así como de su afecto, en las profundidades de su nigérrimo ser coexistía una crueldad desmedida con el anhelo de ser correspondido por el único par de ojos capaz de robarle el aliento. Perdonó la vida de aquella joven a la cual acababa de conocer y ya deseaba convertir en la reina de su ceniciento y ardiente mundo.

Mirko-Václav ya no sólo tenía el objetivo de la plena destrucción. Arrasaría con cuanto viera, comenzaría una nueva raza, lo haría con la ayuda de la joven a la que al momento de conocer desposó y con la de su hermano, a la que él mismo unió con una mujer a quién auguró un fértil futuro.

Los años pasaron, 12 en concreto. Mirko Václav aún no disfrutaba de la compañía de un sucesor mientras que Hi-Jiram-Hikov contaba con ocho.

La Primera de las Descomunales se reseña en tres términos: un ultimátum, un desenlace y una traición. El primero fue la amenaza que cayó sobre la esposa del primogénito de los hermanos: de no conseguir engendrar en su vientre a un heredero, la asesinaría sin importarle el afecto que pudiera profesarle. El segundo, el cuerpo desnudo de Mirka-Václav sobre el de ella la última noche antes de que concluyera el plazo de la resolución. El tercero, el peligroso brillo de la luna en el filo de la hoja cuando su amada dejó caer la daga, incapaz de atravesarle el corazón mientras contempló a Hi-Jiram-Hikov salir de entre las sombras y completar la conjura en su lugar.

Hi-Jiram-Hikov asesinó una parte de sí mismo al arrebatarle la vida a su propio hermano, mas no mostró arrepentimiento alguno al saber que liberaba al mundo de su tiranía. Liberó la mística energía que yacía en el interior del cuerpo inerte de su hermano, confiando en que la naturaleza no volvería a errar entregando semejante don a cualquiera. A continuación, temiendo que de nuevo recayera demasiado poder sobre un mismo individuo, decidió implementar una serie de medidas para prevenir que tuviera lugar una destrucción, ni de lejos, semejante. Para ello se valió de sus propios dones. Los repartió entre todos sus descendientes de manera equitativa y les encomendó una misión a todas las generaciones presentes y futuras: que salvaguardaran el mundo de la devastación y…



-“… que no cesaran en la labor de mantener el orden entre humanos y seres mágicos.” -concluyó Aleixandra, sin necesidad de dirigir la vista al texto.

Observó a su hijo. Hacía rato ya que había cerrado los ojos y dormía plácidamente. El pecho ascendía y descendía lentamente y su respiración quedaba ahogada por el murmullo del fuego. ¿Se preguntó qué había en esas bélicas historias que conseguía sosegar y mitigarlo de tal forma? Aunque no podía culparlo. En otro tiempo, Aleixandra sintió cómo ejercían en ella el mismo efecto.

viernes, 1 de julio de 2016

Prólogo

Hay mundos fríos, sin agua y oxígeno e inhóspitos, tan alejados de sol que ni siquiera serían capaces de soñar con que se reflejara un rayo de luz sobre su faz. Por el contrario, hay unos donde la especie dominante que los habita aún no conoce el supremo poder del fuego y otros donde, simplemente, hubiera sido mejor no caer en la influencia de éste.
Hay continentes, países y reinos gobernados por tiranos, libertinos, pérfidos, infames, egocéntricos, déspotas, sanguinarios, dictadores, opresores, mezquinos, miserables, codiciosos, traidores... Los hay con un corazón corroído por el afán de poseer todas las riquezas del mundo y otros aún, ingenuos, por corromper.
Hay ciudades capitalinas, periféricas, pioneras, cálidas, desérticas, glaciales, enormes, diminutas, acogedoras, intransitables, de ensueño, aterradores... Unas tan hermosas, como sacadas de un cuento de hadas, harían que nos replanteáramos el burdo concepto de belleza que hasta entonces teníamos. Otras son bañadas por secretismos y sumergidas en misterios, capaces de robar hasta la última pizca de oxígeno y que el ardor de la sangre se convierta en témpano.
Hay personas de apariencias y personalidades dispares, a pesar de los lazos de sangre que las hermanen. Existen valientes, nobles, cobardes, apuestos, desafortunados, afortunados, aventureros, inestables, empáticos, amables, rufianes, proscritos, avispados, necios, elocuentes, embusteros... Hay osados que se atreven a creerse libres, sin caer en la cuenta de cómo son empleados cual simples títeres por aquellos que mueven los hilos, sin saber que nuestras palabras, pasiones, cualidades y defectos también nos esclaviza.
Hay milenios, siglos, años, meses, días y noches, horas, minutos, segundos... A veces, el tiempo pasa de manera intrascendente, sin ser conscientes realmente de cómo transcurre el ciclo de la vida, como un proceso con principio y fin en el que acatar una rutina se convierte en un imperativo, prácticamente, innegociable, sin cambios y variaciones perceptibles.
Hay milésimas de segundos... Tiempo suficiente para cambiar el curso de toda una historia.

LL