Las noches de
invierno comenzaban a endurecerse. El frío había aumentado drásticamente en los
últimos días y los más ancianos anunciaban tormentas acompañadas por las
primeras nevadas del año. Los campesinos, temerosos, se habían puesto en marcha
para procurar conservar la mayor parte de la cosecha. Sin embargo, no eran
positivos y predecían grandes pérdidas.
Como todos los
inviernos desde hacía ya cinco años, los mismo que tenía su primogénito y único
hijo, Aleixandra pasaría la estación en una tranquila casa situada a varios
días de la ciudad más cercana.
Tras haber recogido
la mesa y limpiado los instrumentos de cocina, se dirigió al salón, dispuesta a
avivar la llama que comenzaba a apagarse en la chimenea; se aseguró
de que ésta tenía la suficiente madera como para mantenerse viva durante toda
la noche. A continuación, reforzó el cierre de las contraventanas y ventanas,
así como el seguro de la puerta, un grueso leño que la atravesaba de lado a
lado. Realmente, no temía que alguien entrara en medio de la noche, pero desde
mediados de día venía alzándose un fuerte viento cuyo murmullo se alzaba como
aullidos de lamento, incluso, a través de los muros de la casa.
En el sofá, bajo
varias capas de manta, un pequeño bulto se removía inquieto. La mujer rodeó el
mueble hasta tomar asiento en el otro lado. Suspiró teatralmente, aunque una
parte de sí se hallaba realmente agotada, y exclamó:
-¡Dónde estará este
niño! Lo más probable es que me haya abandonado y dejado sóla.
Junto con el
crepitar de la chimenea resonó en la sala una risa infantil mal disimulada que
llenó el salón proveniente de la pila de mantas. Aleixandra sonrió
instintivamente ante semejante sonido. Había algo en la risa de un niño, entre
la franqueza y lo pueril, que evocaba en ella una ternura desmesurada. Le
resultaba la más ciertas de las evidencias de la nobleza del alma, que con los
años se marchita devastado por sentimientos negativos.
-¿Qué será de mí
ahora?
Una nueva risa se
escapó de debajo de las mantas. Aleixandra se dejó caer sobre éstas, apoyando
los antebrazos a ambos lados para no aplastar al pequeño.
-¡Mi pequeño!
¿Adónde habrá escapado?
Unos dedos pequeños
y regordetes asomaron al borde de la tela y tiraron lentamente de ésta lo justo
y necesario para dejar al descubierto unos rebeldes mechones rubios que caían
de cualquier manera sobre unos curiosos ojos verdes que la miraban directamente
a los azules de ella. La mujer paso con delicadeza la mano derecha por el
cabello del pequeño, apartándoselo hasta ver cada mechón en su sitio.
-Yo no me voy
-comentó en susurro el niño a su madre, destapando del todo su rostro, como si
confesara un valioso secreto-. Me quedo contigo siempre.
La mujer,
conmovida, depositó un suave beso sobre la frente de él, justo entre ambas
cejas. Lo contempló largo rato en silencio, salvo por la respiración de ambos
arremolinándose y el crepitar del fuego. Desde el mismo día que lo sostuvo
entre sus brazos, había grabado en su mente todos y cada uno de los detalles
que configuraban la faz de su hijo. Por ello, se sorprendía a sí misma, casi
constantemente, repasando las largas y espesas pestañas que le enmarcaban la
mirada, de un color esmeralda más puro que la misma gema, ahora con el brillo
del fuego reflejado en ellos; siguiendo la curva de su nariz ligeramente
redondeada y luego la de sus pequeños labios; pasando la vista por la delicada
mandíbula, encontrando, inevitablemente, parecido con…
-¿Me cuentas un
cuento, por favor? -interrumpió el niño los pensamientos de su madre de golpe.
-Claro que sí, Eriq
-respondió en un suspiro.
La atención que
requería su hijo, desde su punto de vista, se hallaba por encima de todo
cansancio. Todas las noches así lo hacía y así seguiría siendo hasta que él
quisiera. Por ello, olvidó las voces procedentes desde su dormitorio, de una
cama que prometía arroparla mientras se reconciliaba con el sueño tras tantas
noches sin poder hacerlo.
Un viejo volumen
encuadernado en piel de tonos rojizos asomó bajo la pila de mantas. El pequeño
lo sostenía delante de su pequeño rostro, como si tratara de esconderse tras
éste por miedo a que su madre cambiara de opinión al ver de qué se trataba.
Aleixandra pasó distraídamente los dedos sobre la cubierta. El relieve en plata
de las letras que le daba nombre, destelló en tonos naranjas y dorados a causa
de la llama que mantenía el calor de la casa. O, quizás, simplemente la
naturaleza del característico color que había adoptado, tenía su origen en el
refulgir de las batallas y la sangre en ellas derramada que se narraban en su
interior.
Había algo en la
tranquilidad que parecía transmitirle esas historias a su hijo que robaba la
suya. No obstante, pese a lo inquietante, Aleixandra jamás se había negado a
relatarle las historias. Pues no eran meras invenciones, sino la realidad.
Cruel y despiadada, pero, al fin y al cabo, la verdad del pasado sobre el que
los humanos construían un futuro.
La mujer parpadeó
como si volviera a la realidad, abandonando el calor de la sangre en sus pensamientos,
aunque dispuesta a retomarlo cuando tomó entre sus finos y delicados dedos el
libro que le pasaba el pequeño.
“Las Doce
Descomunales” rezaba en la tapa.
Con dicho título se
recordaba a las doce “grandes” (para ella no había nada de grandeza en la devastación)
Guerras que en algún momento de la historia había desolado el mundo. Tres de
ellas resultaban más destacables, teniendo en cuenta la magnitud de éstas en
comparación con las nueve restantes. No precisamente porque en las otras por
los campos de batallas no hubiera corrido una inmensa cantidad de sangre;
habían sido brutales: desolación, reinos enteros arrasados, continentes
incluso… Sino por las posteriores consecuencias y acontecimientos desatados.
Aleixandra pasó la
primera página. Aquel tomo debió ser escrito por algún erudito que prefirió
mantenerse en el anonimato, pues su posible nombre no rezaba por ningún lado.
Sus ágiles dedos continuaron haciendo sucederse las páginas hasta la doce,
donde la historia comenzaba a relatarse. Se detuvo para aclararse la garganta y
dedicarle una mirada a su hijo, quien la miraba con el brillo de la emoción
contenida por volver a oír las devastadoras historias que tanto lo fascinaban:
-“En el comienzo de
los tiempos…” -leyó Aleixandra en los labios de su hijo.
“En el comienzo de los tiempos, poco más que inquietante
oscuridad pudo palparse. Miles son las leyendas que dan forma a ese irracional
temor de la humanidad por lo desconocido. Los dioses, entre distintas
religiones, mutan: sus nombres, sus poderes sacados de lo sobrenatural…, mas
todos comparten un fin: acallar y apaciguar las masas, propiciando que éstas
encuentren razones para adjudicar sentidos, que bien pueden ponerse en tela de
juicio, razonables a cuanto son incapaces de razonar.
Llegados a este punto, cabe aclarar que, ciertamente, no
importa cómo se formó nuestro mundo, ni ninguna de las miles de teorías que con
tanto afán tratan de esclarecer dicho panorama.
Existe una verdad. Única, innegable y común para todas
las culturas y creencias. A esta exactitud se la conoce como historia.
La Primera de Las Doce Descomunales es destacable como la
más importante, tanto por la, hasta entonces, inédita circunstancia que la
envuelve y por los desencadenantes de Guerras venideras. El eje central de La
Primera Descomunal, radica en los primeros dos brujos de la historia: Mirko-václav
y Hi-Jiram-Hikov.
Las historias cuentan, muchas de ellas rebosantes de
floritudas, algo normal teniendo en cuenta la metamorfosis que sufre el don de
la palabra desde la tradición oral hasta la escrita, que estos dos hermanos
fueron abandonados, indirectamente, por su padre junto a la cordillera que
separa el continente de Hiactonum del de Aurumterra. El hombre, incapaz de
conseguir alimento siquiera para saciar su propia hambre, en contra de la
voluntad de su esposa, vendió a sus hijos a un noble a quien no le desagradaba
la idea de conseguir dos siervos. Sin embargo, cansado de los intentos de los
muchachos por escapar, los envió sin el menor de los remordimientos a la
mencionada cordillera.
Nunca nadie se había adentrado en ella, mucho menos
internado en el ancestral bosque que escondía. Hay quien dice que Mirko-Václav
y Hi-Jiram-Hikov, sintieron la llamada del hambre, de la supervivencia y otros
de algo mucho más poderoso que los sedujo y atrajo hasta la misteriosa,
inexplorada e inmensa masa verde.
¿Fue la cristalina agua en la que se reflejaban y de la
que bebieron la clave para el cambio? ¿Los aromáticos frutos que comieron? Lo
cierto es que resulta imposible datar el proceso. Sin embargo, todas las
leyendas, mera fantasía en su totalidad que los humanos usan para dar sentido a
lo inexplicable, contienen una pizca de verdad; Mirko-Václav, el mayor de los hermanos,
poseía un gran corazón, valiente y justiciero, y el espíritu de la naturaleza,
una primitiva magia, por primera vez habitó en el alma de un ser. A su vez,
Hi-Jiram-Hikov también recibió sus dones, aunque mucho más reducidos a los de
su admirado hermano. Cabe destacar el encandilamiento de este último por el
primero, teniendo en cuenta los acontecimientos venideros.
El corazón del mayor de los hermanos resultó no ser tan
puro como el progenitor de sus nuevos y colosales poderes, a priori, juzgó. El
odio y el desprecio sufrido en sus años más tempranos por parte de aquellos a
los que amó, pasó a convertirse en el sentimiento más profundo de venganza y cólera
jamás conocido. Abandonó el bosque a lomos de un fiero corcel negro como el
ébano, como su corrompida y putrefacta alma, como la noche en la que la más
cruel de las muertes ingeniadas a su padre causó.
Aniquiló, devastó y exterminó todo a su paso. Dibujaba
sonrisas en su rostro cada vez que le suplicaban clemencia; reía cuando la voz
de estos temerosos era acallada por las llamas. Disfrutó la venganza, saboreaba
la sangre derramada como el más exquisito de los manjares.
No obstante, a pesar de que contaba con el incondicional
apoyo de su hermano, así como de su afecto, en las profundidades de su
nigérrimo ser coexistía una crueldad desmedida con el anhelo de ser
correspondido por el único par de ojos capaz de robarle el aliento. Perdonó la
vida de aquella joven a la cual acababa de conocer y ya deseaba convertir en la
reina de su ceniciento y ardiente mundo.
Mirko-Václav ya no sólo tenía el objetivo de la plena
destrucción. Arrasaría con cuanto viera, comenzaría una nueva raza, lo haría con
la ayuda de la joven a la que al momento de conocer desposó y con la de su
hermano, a la que él mismo unió con una mujer a quién auguró un fértil futuro.
Los años pasaron, 12 en concreto. Mirko Václav aún no
disfrutaba de la compañía de un sucesor mientras que Hi-Jiram-Hikov contaba con
ocho.
La Primera de las Descomunales se reseña en tres
términos: un ultimátum, un desenlace y una traición. El primero fue la amenaza
que cayó sobre la esposa del primogénito de los hermanos: de no conseguir
engendrar en su vientre a un heredero, la asesinaría sin importarle el afecto
que pudiera profesarle. El segundo, el cuerpo desnudo de Mirka-Václav sobre el
de ella la última noche antes de que concluyera el plazo de la resolución. El
tercero, el peligroso brillo de la luna en el filo de la hoja cuando su amada
dejó caer la daga, incapaz de atravesarle el corazón mientras contempló a
Hi-Jiram-Hikov salir de entre las sombras y completar la conjura en su lugar.
Hi-Jiram-Hikov asesinó una parte de sí mismo al
arrebatarle la vida a su propio hermano, mas no mostró arrepentimiento alguno
al saber que liberaba al mundo de su tiranía. Liberó la mística energía que
yacía en el interior del cuerpo inerte de su hermano, confiando en que la
naturaleza no volvería a errar entregando semejante don a cualquiera. A continuación,
temiendo que de nuevo recayera demasiado poder sobre un mismo individuo,
decidió implementar una serie de medidas para prevenir que tuviera lugar una
destrucción, ni de lejos, semejante. Para ello se valió de sus propios dones.
Los repartió entre todos sus descendientes de manera equitativa y les encomendó
una misión a todas las generaciones presentes y futuras: que salvaguardaran el
mundo de la devastación y…
-“… que no cesaran
en la labor de mantener el orden entre humanos y seres mágicos.” -concluyó Aleixandra,
sin necesidad de dirigir la vista al texto.
Observó a su hijo.
Hacía rato ya que había cerrado los ojos y dormía plácidamente. El pecho
ascendía y descendía lentamente y su respiración quedaba ahogada por el
murmullo del fuego. ¿Se preguntó qué había en esas bélicas historias que
conseguía sosegar y mitigarlo de tal forma? Aunque no podía culparlo. En otro
tiempo, Aleixandra sintió cómo ejercían en ella el mismo efecto.
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