miércoles, 3 de agosto de 2016

Capítulo II


Hacía ya varias horas que la luna se había alzado en lo más alto, tomando asiento en su privilegiado trono forjado entre constelaciones. La oscuridad se extendía sobre el pueblo y lo engulliría todo a su paso, de no ser por el fulgor de las estrellas y el brillo de los garitos de mala muerte que inundaban todo con su luz y barullo.

Calles y callejones tejían una no muy extensa telaraña. Podían encontrarse diversas viviendas repartidas sin sistemática ni simetría. La mayoría de éstas formaban parte de edificios en cuya planta inferior se hallaba algún negocio y en las superiores las viviendas. Sin embargo, no abundaban este tipo de construcciones, pues era a los alrededores de las afueras del pueblo era donde se concentraban los lugares residenciales. De modo que, prácticamente, todas las edificaciones eran comercios, cantinas y alguna botica, entre otros.

Atravesar el extrarradio con discreción y sin llamar la atención, le había resultado sencillo; por fortuna, sólo una minoría de los habitantes aún permanecía despierta. Lo más complejo resultó adentrarse en el principal centro de actividad del pueblo, caminar por sus calles eludiendo cualquier luz, destello y habitante que revelara su posición.

Torció a la derecha y remangó sus faldas, apretando el paso al adentrarse en un callejón. El replique del taconeo de sus botas se alzó en mitad de la noche, ahora el doble de rápido, aunque quedaba ahogado por el de su doncella y la respiración acelerada de ésta. Se detuvo un momento antes de salir del callejón, no precisamente porque se declarase amante de las ratas cuyos ojos destellaban en ámbar entre las sombras, del hedor a orines y excrementos humanos y de la peste a estupefacientes. Dedicó una breve mirada por encima de su hombro a la muchacha, quien agradeció la pausa tras el esfuerzo.

Instintivamente, se había llevado una mano al frío metal que rodeaba su dedo corazón izquierdo y contenía el aliento mientras estudiaba la situación. Cuando saliera del abrazo de las sombras, recibiría el de la luz de varios locales de dudosa reputación. A razón del breve, pero concienzudo, resultado del examen, en la calle a la que daría a parar, encontrarían un local ilegal de apuestas, a juzgar por la aparente discreción en la que parecía cernirse: la luz se filtraba muy tenuemente por debajo de la puerta y entre las tapiadas ventanas con tablones de madera. La joven damisela creyó oír gritos y objetos fracturándose, sofocados por la distancia y el bullicio de otro segundo establecimiento de mala fama a un par de metros. Dos hombres cuyo rostro no alcanzó a distinguir, salieron del concurrido lugar, tambaleándose al mismo tiempo que prometían contemplar muy de cerca los adoquines con los que iban tropezando. Los siguió con la mirada hasta verlos desaparecer tras la esquina donde un tercer local abría sus puertas a una diversión más carnal y libidinosa que los anteriores.

Sin volver la vista atrás, hizo un gesto con la mano para indicarle a su doncella que esperara allí. Tampoco ahora necesitó mirarla para saber que, con cierto recelo, había asentido y obedecería sin réplica alguna.

Tanto como le permitía el roce de las telas de su vestido, tan recargado en detalles como en pesada pedrería, correteó calle abajo, procurando en todo momento no abandonar el amparo de la penumbra y guardar su identidad el mayor tiempo posible. Bajó la calle en dirección contraria a la de los alborotados locales. Los gritos a su espalda fueron apagándose paulatinamente a medida que avanzaba. Seguía aferrada al anillo en su dedo, como si pudiera obtener de él el valor que le faltaba para cruzar la pequeña plaza que se abría ante ella.

Dio unos primeros pasos por la plazoleta, adentrándose en ésta mientras miraba a su alrededor, inspeccionando el lugar. Justo en el mismo centro se alzaba un imponente árbol de tronco voluminoso y curvo que parecía la unión de varios tallos trenzados entre ellos mismos. Las ramas flotaban abundantes y frondosas por el lugar, abarcando gran parte de la plazoleta, aunque lo hacía a pocos metros sobre el lugar en comparación a la grandeza que inspiraba sólo con verlo; apuntaban hacia el cielo, como si trataran de aferrarse a la bóveda y trepar por ésta hasta alcanzar al blanquecino astro rey de la noche. Dándoles hermosos destellos plateados, el brillo de las estrellas se reflectaba sobre cada uno de las ovaladas hojas. Parecían pequeños luceros, una extensión de alguna constelación, en contraste con el oscuro firmamento de fondo.

Movida por la grandeza que inspiraba, se acercó. Advirtió un repentino vacío en su interior. Posó una mano sobre su pecho y trató de tomar una larga bocanada de aire. Era como hallarse al filo de un acantilado con el viento azotándole directamente el rostro, con la presión impidiéndole respirar.

Alzó la mano y estiró los dedos, intentando alcanzar la roída corteza más negra que el ébano y la propia noche. La dejó caer antes de llegar a rozarlo siquiera, repentinamente intimidada por la misma fuerza que la había atraído hasta allí. Un escalofrío amenazó con recorrerle por la espalda, mas consiguió evitarlo. La madera parecía como si hubiera sido consumida por las llamas con anterioridad. De hecho, la damisela pudo advertir un ligero toque a chamusquina entre el aroma a tierra mojada y de las flores que adornaban el lugar. No obstante, salvo por aquel olor, no parecía haber más indicios de que así fuera. Por un momento creyó ver un halo rodeando el árbol. Finalmente, llegó a la conclusión de que había sido un mero producto de su imaginación o, sencillamente, un efecto causado por el reflejo de las estrellas.

Entre las gruesas y largas raíces se produjo un destello que llamo la atención de la joven. Su mirada dio con una rectangular lámina de acero incrustada en una roca perfectamente pulida. Parecía deteriorada con el tiempo. Sensación que tuvo más por la suciedad del metal que por verdadero desgaste. A pesar de la escasa iluminación, acertó a leer lo que rezaba en la inscripción:

“Aquí yacerán los que aguardamos tu retorno de la gruta, redentor, quienes tornarán ansía y pretensión pasadas en único y genuino presente y futuro.

Tus fieles siervos, tus hijos.”

No conocía la cita. No obstante, algo le sugirió que sería mejor así, que su integridad agradecería desconocer el significado. De modo que, aún aturullada por lo que acababa de ocurrir, con la sangre latiéndole contra los oídos, bordeó el árbol y se encaminó hacia el otro lado de la plazoleta.

Sobre una base de piedra de poco más de un metro de altura, se cernía un edificio de dimensiones relativamente reducidas con una estructura circular. Para acceder a la taberna tuvo que subir un tramo de escaleras que constaba con tan sólo cinco escalones. Un local discreto en cuanto a situación geográfica y clientela. El sitio oportuno donde reunirse y conversar sobre secretismos, cultos a lo prohibido y conspiraciones. Apostaría toda su fortuna a que, entre esas paredes, expuesto al calor del fuego y del alcohol, algún asesino habría revelado el crimen y todos los detalles del mismo.

La joven dama inspiró profundamente antes de empujar las puertas de vaivén y entrar con paso decidido. Como cabía de esperar, los pocos parroquianos, lo más probable asiduos al lugar cada noche, dirigieron su mirada hacia ella. Apestaba a alcohol, tabaco y humanidad. La insana mezcla de todos esos olores juntos le pellizcó la nariz y golpeó directamente su estómago, arrebatándole una arcada que disimuló con decoro. Se dirigió hacia la barra, haciendo caso omiso a los comentarios mal disimulados que se alzaban en torno a ella.

A la derecha, en un rincón bajo el cobijo del ardor de la llama de una chimenea, dos hombres disfrutaban de un plato, que la joven identificó como un guiso, acompañado por una hogaza de pan y un vaso de vino para cada uno. Tomaban asiento uno frente a otro. Hablaban animosamente hasta que uno susurró algo y el otro interrumpió la conversación para volverse a mirar a la recién llegada. La joven tragó saliva de forma imperceptible, percibiendo la intensa e impúdica mirada que le dedicaron.

Un par de mesas a la izquierda, otro grupo de hombres la contemplaban impúdicos. La damisela contó hasta cinco y, a juzgar por el abanico de naipes en sus manos, se hallaban inmersos en algún juego de cartas… Por lo menos, hasta que ella irrumpió.

El aire en el ambiente se respiraba tenso. Se sentía una pequeña e inofensiva liebre acorralada entre depredadores que la miraban con depravación, como si sus estómagos rugieran hambrientos tras días sin haber saboreado bocado alguno y, de repente, hubiera aparecido un suculento manjar. Contenía el aliento, alejando de su mente el brillo libidinoso en la mirada de aquellos individuos, procurando hacer caso omiso a los comentarios obscenos que se alzaban en el ambiente y a las risas que provocaban.

-Dígame, mujer, ¿qué ha perdido que viene a buscarlo a semejante lugar y horas? -inquirió el tabernero una vez la joven estuvo lo suficientemente cerca, lustrando la barra de caoba con un retal deshilachado.

-Señora -lo corrigió ella, retirando la vista del rostro de él, impresionada.

Inspiró profundamente, repentinamente atrevida y determinada. Alzó nuevamente sus ojos azules y habló:

-Señora, no mujer -repitió, en un tono que denotaba seguridad en sí misma-. Sepa usted que aquello que busco no es de la incumbencia de vuestra lasciva e inmunda clientela. Por consiguiente, aguardo que sea comprensivo y considere inadecuado atender a toda una señora ante un repulsivo hatajo de retrógradas.

Una sonrisa de dientes amarillentos y torcidos se dibujó en el grasiento rostro del tabernero. La luz de un candelabro se proyectaba sobre él, haciendo que con las sombras parecieran más pronunciadas las marcas de la viruela. La joven advirtió el destello en plata de una fina e irregular marca asomando bajo el parche que cubría el ojo derecho del hombre.

-Aparenta ser todo un caballero -suspiró teatralmente, mostrando durante unos breves segundos una vista más generosa de su escote-. Quizás mi juicio me ha vuelto a traicionar.

La bilis subió por su garganta como un torrente. No creyó posible encontrar allí algo más desagradable y enfermizo que el hedor de aquel lugar. Sin embargo, entre sus conjeturas no había contado con la nauseabunda mirada que le dedicó el tabernero a su busto.

-No os ha engañado, hermosa -respondió él, divertido.

La joven recordó con añoranza aquellos primeros instantes de la noche donde lo más que había temido era mirarlo directamente.

-Es bueno saber que aún quedan hombres con los que poder dialogar. Estará de acuerdo conmigo en que los seres humanos hacen muchas estupideces para conseguir ciertos propósitos y yo ahora mismo necesito que me ayuden a encontrar a alguien.

-¡Oh! Entiendo perfectamente a que se refiere. Sígame, por favor -le indicó con un guiño antes de desaparecer detrás de la barra como por arte de magia.

La joven ahogó una exclamación de sorpresa y se apresuró a rodear la barra. El tímido tintineo de una luz iluminaba una puerta en el suelo. Se remangó las faldas y se sujetó a la escalera que asomaba de la trampilla.

-Me preguntaba por qué una respetuosa dama sería lo suficientemente osada para seguir a un desconocido hasta aquí, sin saber adónde la conducían.

La aludida giró sobre sí misma cuando aterrizó, tambaleándose ligeramente. No había que tener muchas luces para saber que se encontraban en el almacén. Un par de velas, próximas a su consumición, repartidas sobre cajas y algún barril alumbraban el lugar. Había ramos de longanizas y ajos colgando de las paredes y sacos apilados uno sobre otros por todos lados, además de estantes colocadas en filas en medio de la sala repletos de polvorientas botellas y muchos otros utensilios y cachivaches que no supo identificar.

-Probablemente la despensa de vuestra casa sea mucho más grande que el almacén de este humilde local. ¿Me equivoco?

-¿De verdad os interesa saberlo?

-No, en realidad no -respondió el hombre, tomando una manzana del cuenco por cuya superficie llevaba un rato pasando distraídamente los dedos.

Sacó una navaja del bolsillo del pantalón y cortó un gajo antes de ofrecérselo a la joven.

-Agradezco su amabilidad, pero no puedo aceptarla.

-No se encuentra envenenada, querida -comentó, sonriendo divertido con una nota que ella identificó como malicia.

-¿Qué le parece si dejamos de fingir que es usted un mero y honrado tabernero y yo que aún no me he percatado que eso que brilla a su espalda son armas forjadas con acero del Váad?

El hombre arqueó las cejas, sorprendido. Pareció recobrar la compostura inmediatamente y siguió actuando con naturalidad. Se llevó la pieza de fruta a la boca y no esperó a tragar para replicar:

-Debí suponer que era eso de lo que se trataba -respondió con el jugo de la fruta entremezclado con la saliva borboteando por las comisuras y deslizándosele por la barbilla-. Eso de que buscáis a alguien no es más que una patraña.

-¡Qué sagaz! ¿Ha llegado usted solo a esa conclusión? Le comunico que me sorprende… lo lento y reducido de entendederas que ha resultado ser.

La joven dio unos pasos hacia adelante, pero se detuvo al darse cuenta de las intenciones del hombre. Se hizo a un lado con gracia y escuchó como la manzana se estrellaba contra la pared a su espalda.

-No se juega con la comida -protestó ella con los brazos en jarra, empleando el mismo tono que usaban los mayores para sermonear a sus hijos.

El hombre emitió un gruñido en respuesta.

-Lo haremos fácil: tú me dices lo que quiero saber y yo no uso ninguna de esas armas contra ti. Es un buen trato, ¿no te parece? Te advierto que, si tratas de escapar o alcanzar cualquier tipo de armamento, yo seré más veloz y no mostraré reparos en hundir una daga en tu pecho o espalda.

La joven se esforzó en mantener una expresión neutra, aunque lo que realmente sentía era estupor y curiosidad por conocer los motivos por los que el hombre lucía animado y escéptico ante la amenaza.

-Empecemos, ¿cómo un tabernero es capaz de tener acceso a este tipo de armamento?

-¿Por qué debería responderte?

-Comprendo que te parezcan escasos los motivos ya expuestos, mas mi consejo es que no os resistáis -contestó con parsimonia, dejando entrever la empuñadora de un cuchillo bajo la manga izquierda del vestido.

-Algunos seres humanos hacemos estupideces, ¿no es cierto, hija del Salvador? Eso mismo has dicho hace unos instantes.

-Cierto -coincidió ella, rozando con disimulo la empuñadura del arma que escondía bajo el corpiño-. Por lo que a mí respecta, vos mismo sois un necio e insensato que desconoce el verdadero alcance de sus acciones.

-¿Cómo una simple chiquilla osa llamarme necio e insensato a mí cuando es ella la que no sabe nada? De lo contrario, no se encontrarías aquí, exigiendo conocer una información que no posee.

-Por eso mismo eres un necio e insensato: las mismas fuentes de las que obtienes tu conocimiento, serán las encargadas de acabar contigo. Todos los que piensan y actúan como tú, me parecen tan imbéciles que, en ocasiones, llego a sentir hasta lástima.

Una incómoda y siniestra risa gutural se alzó en el almacén, rozaba lo maniaco. El tabernero se despojó del parche que cubría su ojo derecho y dejó al descubierto un ojo completamente blanco que destelló en la oscuridad. La joven se había sorprendido al comprobar que bajo aquel trozo de tela no existía una mera cavidad vacía, sino un ojo carente de pupila e iris, con tan sólo un color.

-Tengo la capacidad de ver cosas que nadie más puede.

Tal vez, sonara contradictorio la afirmación del hombre en contraste con la realidad. Parecía físicamente imposible que pudiera ver más que cualquier otra persona. No obstante, ella sabía de buena tinta que aludía a un concepto sensorial y más abstracto y no a uno material.

-Ese ojo no se ve muy bien -comentó la chica, mordaz-. ¡Uy! Lo siento, no ha sido mi intención. Cualquiera pensaría que esa broma de mal gusto ha sido apropósito.

-Ríe ahora. Ríe cuanto puedas porque pronto llegará mi turno y dejarás de hacerlo.

La joven soltó un bufido mientras ponía los ojos en blanco, fingiendo aburrimiento.

-He contemplado largo rato el futuro. He estudiado todos los bandos posibles y sé que estoy en el correcto. Cuando suenen los tambores y el viento azote el rostro de los combatientes, llegado este momento, por el campo de batalla sólo rodará vuestra sangre, traidores -dijo el tabernero, arrastrando las palabras como si contuviera la rabia y escupiera en la última.

Cual mecha que acaba por consumirse y explota. Así sintió ella consumir su paciencia. Sentía un ardor colérico correr por sus venas, acelerarle el pulso y espolearla a hundir la daga que empuñaba en la carne de aquel tipo repugnante hasta sentir que el calor de su sangre templaba la suya propia. Sin tan siquiera ser consciente, sus piernas, movidas como por resortes, habían dado amplias y ágiles zancadas hasta arrinconar al hombre entre una estantería y el filo de su arma.

Él era, por lo menos, una cabeza y media mayor que ella. Sin embargo, se las había ingeniado para que, a pesar de la diferencia de altura, resultara considerablemente intimidante. Tan cerca como se hallaban, la chica, desafortunadamente, conseguía advertir el nauseabundo aliento de él entremezclándose con el de ella.

Apretó con más fuerza la empuñadura. Hasta tal punto que el dibujo y la gema incrustada en el mango se clavó dolorosamente en su palma. Lo miró directamente a los ojos, sin el menor pudor. A pesar de la situación adversa, éste aparentaba estar pasando un momento de lo más placentero y cautivador. Le enterró ligeramente el filo de la daga en el cuello y observó cómo un hilillo de sangre se precipitó por la garganta del hombre.

-Escucha atentamente -comenzó la joven en un tono amenazador que de por sí invitaba a dar cuantos detalles se precisaran-. Seré benévola y te daré una nueva oportunidad. Exijo saber para quién trabajas y de dónde has sacado este tipo de armamento -señaló con la barbilla las cajas en una estantería cercana.

Lo vio echar la cabeza atrás y abrir la boca, mostrando sus dientes torcidos y amarillentos en un horripilante gesto que trataba de parecer una sonrisa. Pasó la lengua por el contorno superior de la dentadura y la noche fue cortada tres veces. La primera vez cuando un grito horrorizado surgió de entre las sombras para advertir a la joven:

-¡Está maldito! ¡Cuidado, Sam!

La segunda hizo acto de presencia justo después, en el momento en el que la hoja de una navaja rasgó la tela y el acero lamió la carne de ella. El tercero y último tampoco se demoró en llegar. Destelló en la oscuridad y atravesó la sala segando el aire hasta entrar limpiamente en el pecho del hombre. Lo oyó gritar mientras se desplomaba causando un gran estruendo al derribar una estantería.

-¡Sam! -la llamó una voz demasiado familiar como para no reconocerla. Advirtió como la misma persona que gritó su nombre con preocupación, la tomaba entre sus brazos antes de que ella también callera.

-Creo que… nos ha delatado -explicó, tratando de enfocar la vista, aunque con escasos resultados. Se sentía mareada, por lo que no puso reparos cuando su amiga le pasaba un brazo por la cintura para ayudarla a mantener el equilibrio-. Bueno, a mí me ha delatado, tú… sólo te encontrabas escondida… en algún lugar -añadió, haciendo un amplio gesto con el brazo para referirse al almacén-. A ti… no te había visto. Así que… sigues siendo sólo mi… fiel… doncella.

-Estás sangrando, Sam.

-Un… poco, pero estoy… estupendamente -fue lo último que dijo antes de sumergirse en la espesura de la inconsciencia.

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