viernes, 27 de enero de 2017

Capítulo IV


   Lejos, en algún lugar determinado, pero ajeno para el resto del mundo, salvo para aquella mirada verde, ese día más melancólica de lo habitual, ésta se perdía. Físicamente no llegaría más allá de una calle. Tal vez, como mucho dos. No encontraría más que tejados y el ajetreo y las prisas de vecinos, viajeros, aventureros y transeúntes. Sin embargo, espiritualmente, sobrepasaba los tejados y la sinuosa telaraña de calles y callejones que conducían hacia la plaza, el centro de la ciudad; volaba a varios metros sobre las casas, soñaba con esos anhelos, deseos y pensamientos que su personalidad hosca y esquiva nunca compartía. Su gesto siempre estoico, imperturbable. Aunque los fantasmas parecían devorarle las entrañas y apoderarse de su alma.

   El hijo de la institutriz Renée Jeanly rara vez parecía atento a lo que lo rodeaba. Por ello, Genevra Conagalle no se sorprendió ni un ápice al encontrarlo sentado en el alféizar de uno de los ventanales de la biblioteca con la mirada perdida. Pensó en decirle algo, cualquier cosa para hacerle saber que no se hallaba solo. No obstante, guardó silencio, conocedora de lo molesto que llegaba a parecerle al joven que lo importunaran de tal forma.

   Eriq era de lo más imprevisible; podía afirmar con total rotundidad que algo era blanco y al segundo gritar de enfado o júbilo porque resultó negro. Además de no ser alguien con quien poder entablar una conversación mínimamente decente, tampoco aparentaba muchos ánimos por serlo. Guardar las formas para él parecía significar “comportarse lo necesario para que su madre conservara el puesto de trabajo”. Sus estrategias resultaban de lo más cuestionables, aunque nadie podía negar que no fueran eficaces, teniendo en cuenta que, tras más de diez años, Renée Jeanly aún ostentaba su cargo como institutriz.

   Genevra pasaba distraídamente la yema de los dedos por el lateral de los libros mientras dedicaba furtivas miradas al joven a través de los resquicios entre una fila y la siguiente. Se detuvo al llegar al final de la estantería y volvió la vista hacia él una vez más antes de girar a la derecha y seguir adentrándose en una nueva hilera de estantes. Un volumen encuadernado en negro llamó su atención, aunque se encontraba, literalmente, fuera de su alcance. Giró sobre sí misma, tratando de encontrar la escalera corrediza para conseguir llegar hasta él.

   -¿Es esto?-le indicó una voz de barítono, sobresaltándola.

   Genevra miró por encima de su hombro para corroborar quién había hablado, si bien ya sabía que se trataba de Eriq Jeanly. Lo que no intuyó fue que se encontraría sosteniendo justo lo que ella buscaba.

   -Sí -respondió con simpleza.

   -De nada -apuntó el joven con un deje irónico en el tono, al mismo tiempo que hacía coincidir la parte superior de la escalera con los raíles de la estantería-. No obstante, permitid que termine de ayudaros, ya luego me lo agradeceréis como es debido.

   Genevra escondió la mirada, abrumada por el guiño de ojos de Eriq y las intencionadas connotaciones de su comentario.

   Eriq colocó el pie derecho en los primeros peldaños y se impulsó con el otro. La escalera se deslizó y detuvo a escasos centímetros de Genevra.

   -Creedme, os dejaría a usted sola trepar por esta escalera, mas no quisiera yo que os avergoncéis nuevamente, si, por un casual, las faldas de vuestro vestido… accidentalmente… revelan lo que esconden debajo… otra vez.

   Cuando, finalmente, Genevra alzó la cabeza, con el rostro tan rojo como incendiado lo percibía, deseó no hallarse tan abrumada como para no ser capaz de formular argumento. De no tener a Eriq sonriéndole con la inocencia de un niño como si nada inapropiado hubiera insinuado, seguramente se hubiera sentido menos avergonzada.

   -¿Lo veis? La mera mención de lo ocurrido anoche os ruboriza -el joven señaló con el índice varios de los libros. Genevra, entendiendo la pregunta no verbalizada, respondió con un ligero movimiento de cabeza y mano-. No tenéis nada de lo que avergonzaros, tampoco es la primera vez que veo lo que una joven esconde bajo la ropa. ¿Política? -inquirió repentinamente, tomado por sorpresa, repasando visualmente el título del volumen que acababa de coger. Negó varias veces con la cabeza y retomó su discurso-: He de reconocer, que me encuentro habituado a lidiar con ese tipo de…

   El joven se interrumpió con brusquedad y alzó la cabeza. Desde su posición le resultaba sencillo ver detalladamente cualquier rincón de la sala.

   -¿Ocurre algo? -preguntó Genevra, tenuemente alarmada.

   -Nada. Simplemente me pareció oír algo, pero no creo que…

   -Tal vez se trate de…

   -Sí, seguramente -respondió él, tajante, sin permitir que la muchacha terminara la oración.

   Eriq descendió con gracia por la escalera, flexionando ligeramente las rodillas para amortiguar el aterrizaje.

   -Genevra -la llamó bajando el tono-, escucha.

   Aparentaba estar realmente preocupado por lo que tuviera que decir a continuación, lo cual le resultaba tan nuevo como llamativo a la chica. Pocas veces la expresión de Eriq mostraba auténticos indicios de sus posibles emociones y sentimientos. Se acercó a ella y con una suya, tomó las dos manos de ellas. Además, no podía obviar que la había llamado por su nombre y no por su apellido, y no había empleado ningún formalismo

   -Me preocupa que te involucres demasiado en… determinados asuntos. Sólo espero que no te dé problemas -dijo, refiriéndose al libro que dejaba entre sus manos-. Si quieres simplemente una fuente de información, seguro este es tu mejor aliado, pero ambos sabemos que es mucho más que eso. Te estás metiendo en terreno desconocido, Genevra, ten… ¡CUIDADO!
                    LL

martes, 6 de diciembre de 2016

Capítulo III


Había sido citada a primera hora de la mañana en la sala de reuniones del edificio principal del campus. No obstante, varias horas antes de que los primeros rayos de sol hicieran acto de presencia, ella ya se hallaba en pie.

Sobre una mesa de noche una vela próxima a su consumación, aún poseía la suficiente fuerza para alumbrar, con cierta tenuidad, el dormitorio. No era un lugar muy amplio, aunque sí lo suficiente para cumplir con las necesidades básicas y poco más de lo que se puede esperar de una habitación: una pequeña cama junto a la pared, una mesa de noche justo al lado, en frente una cómoda, un armario de una sola puerta y, en el otro extremo, un pequeño escritorio con su correspondiente asiento.

La joven, aún sentada en el borde de la cama, estiró la espalda hasta oír crujir las vértebras. Percibió el frío que emitían las baldosas de piedra contra sus pies descalzos y reprimió un escalofrío mientras frotaba la parte inferior de sus piernas, allá por dónde el bajo de su camisón ya no la abrigaba.

Se puso en pie en un acto de valentía, dispuesta a afrontar las consecuencias de la noche anterior. Caminó con paso decidido y se acercó a la cómoda, cuyos cajones empezó a rebuscar hasta encontrar alguna pieza de ropa que fuera de su talla o, al menos, que se acercara. Tomó unos pantalones marrones y una camisa blanca de manga ancha. Encontraba a esta prenda un tanto desfasada, pero al ser prácticamente su talla, no podía quejarse. Por no hablar, de que no contaba con ropa limpia. Al abrir el armario, encontró un abrigo colgado y unas botas al fondo. No necesitó ser una lumbrera para saber que le irían algo grandes, aun así, las cogió y se sentó en la cama, una vez vestida, a anudarlas. Sobre el espaldar de una silla yacía su cinturón de armas. Cercioró que todo su arsenal permanecía intacto antes de equipárselo y abandonó el dormitorio.

Al salir al largo pasillo, tan silencioso como intransitado, miró en ambas direcciones, desorientada. Entrecerró los ojos, tratando de rememorar el camino que había tomado la noche anterior para llegar al punto donde se encontraba.

-Justice -la llamó alguien por su apellido a sus espaldas.

Giró sobre sus talones para ver a su derecha, justo al final del largo y lóbrego pasillo a una figura humana llamándola con un gesto de la mano.

-Ven.

La muchacha obedeció la orden de inmediato. En cierto modo, aquel joven alto y delgado, poseía el poder suficiente para mandar sobre ella; las condiciones bajo las que lo consideraba su “superior” resultaban de lo más peculiares. Sin embargo, durante todo el tiempo que se había prolongado la última parte de su entrenamiento, nunca había abusado de su autoridad. Se había mostrado comprensivo y siempre dispuesto a escuchar las propuestas del grupo al que coordinaba para que la misión saliera correctamente. No obstante, a pesar de sus intentos por controlarse, la noche anterior había montado en cólera al enterarse cómo su amiga, Samantha, y ella decidieron desobedecer las órdenes y separarse del grupo para actuar por cuenta propia.

-¡Ha sido la mayor irresponsabilidad que he presenciado en mucho tiempo! Agradece que tu amiga aún se encuentre viva porque vuestra falta de sensatez y obediencia, pudo haber acabado en tragedia. ¡Podríamos haber estado hoy guardando silencio en memoria de Egbreicht! -le había espetado el joven una vez llegaron al campus.

La chica pensaba que volvería a oír unas palabras semejantes ahora que se había detenido ante él. Sin embargo, el joven simplemente le dedicó una mirada con sus característicos ojos negros rasgados. Parecían cansados y era evidente que lo estaba, a juzgar por las marcas moradas bajo los ojos. Seira distinguió en su expresión algo parecido a la compasión.

-Buenos días, Justice -la saludó con una elegante inclinación de cabeza y tronco.

La joven trató de responder a la misma con semejante gracia. Si bien no necesitaba de nadie que le dijera que no lo había conseguido.

-Buenos días, señor Shun -saludó sin alzar la mirada del suelo, no fuera que su superior lo tomara como un desafío.

-Señorita Justice, no hace falta que se dirija a mi persona con tales honoríficos. Para ser sincero, soy yo quien debe mostrar respeto ante usted, pues no soy más que un simple asistente personal.

“Concretamente el del Magíster de Davon”, añadió mentalmente la chica.

Akira Shun era conocido por ser la mano derecha de Charles Krikz, Magíster de Davon y, por tanto, máximo responsable de la coordinación de todos los campus, así como de los Centinelas del país. Cierto era que Davon no era la mayor potencia del continente, pero el puesto que ocupaba Krikz, resultaba de lo más codiciado e influyente. Es por ello que Shun era concebido como un superior, ya que poseía la potestad para ordenar o, simplemente, influenciar directa o indirectamente sobre los ejércitos de Davon, gracias al respaldo de su señor.

-Por favor, no soy digna de semejantes tratos y, menos aún, cuando soy una mera aprendiz.

Shun dio un paso en su dirección, mas ella contuvo el instinto de recuperar la distancia que los separaba y, muy disciplinadamente, agachó la cabeza y ocultó la mirada.

-Un domador -empezó a hablar Akira Shun con lentitud, de manera que se resaltaba su acento yorshariano, mientras con índice y corazón le hacía alzar la barbilla a Seira para mirarla directamente a los ojos-, puede conseguir que toda una manada de leones y otros animales feroces se postren ante él. El hombre paseará entre las bestias con gracia y altanería ante semejante logro, sin saber que la auténtica fiereza puede ser postrada, pero jamás aplacada. El instinto animal siempre acaba sobreponiéndose a la opresión del hombre.

La joven sintió cómo aquel chico clavaba sus ojos negros en los pardos de ella, como tratando de ahondar en su mente, de leer sus pensamientos o descubrir y descifrar sus más íntimos secretos. Aunque, empezaba a intuir con acierto que, simplemente, indagaba en la fiereza que aguardaba domada en su interior. Y ella se sentía orgullosa de que la consideraran una fiera a la que no poder amansar, alguien de quien no poder esperar completa redención y sumisión. Por ello, tomó aire lentamente hasta llenar sus pulmones e hinchar el pecho al mismo tiempo que echaba cabeza y hombros hacia atrás.

Shun rompió el contacto físico, pero no el visual:

-Los acontecimientos sucedidos la noche anterior, no son los más brillantes que haya presenciado alguna vez. Aun así, abogaré por ambas. Ruego os presentéis a la hora acordada. Ahora, apresuraos para ir a comprobar cómo se encuentra la señorita Egbreitch. Recordad no entreteneros por el camino.

Seira sintió cómo de sus hombros se desprendía una pesada carga que, hasta entonces, hacía que tuviera la sensación de que todo ella pesara más y le costara hasta el andar. Saber que Akira Shun alegaría a favor de su amiga y ella, realmente, suponía una completa liberación. Si Shun decidía intervenir, resultaba indudable que contaban con el respaldo de Charles Krikz, dato que la junta tendría en cuenta.





LL

miércoles, 3 de agosto de 2016

Capítulo II


Hacía ya varias horas que la luna se había alzado en lo más alto, tomando asiento en su privilegiado trono forjado entre constelaciones. La oscuridad se extendía sobre el pueblo y lo engulliría todo a su paso, de no ser por el fulgor de las estrellas y el brillo de los garitos de mala muerte que inundaban todo con su luz y barullo.

Calles y callejones tejían una no muy extensa telaraña. Podían encontrarse diversas viviendas repartidas sin sistemática ni simetría. La mayoría de éstas formaban parte de edificios en cuya planta inferior se hallaba algún negocio y en las superiores las viviendas. Sin embargo, no abundaban este tipo de construcciones, pues era a los alrededores de las afueras del pueblo era donde se concentraban los lugares residenciales. De modo que, prácticamente, todas las edificaciones eran comercios, cantinas y alguna botica, entre otros.

Atravesar el extrarradio con discreción y sin llamar la atención, le había resultado sencillo; por fortuna, sólo una minoría de los habitantes aún permanecía despierta. Lo más complejo resultó adentrarse en el principal centro de actividad del pueblo, caminar por sus calles eludiendo cualquier luz, destello y habitante que revelara su posición.

Torció a la derecha y remangó sus faldas, apretando el paso al adentrarse en un callejón. El replique del taconeo de sus botas se alzó en mitad de la noche, ahora el doble de rápido, aunque quedaba ahogado por el de su doncella y la respiración acelerada de ésta. Se detuvo un momento antes de salir del callejón, no precisamente porque se declarase amante de las ratas cuyos ojos destellaban en ámbar entre las sombras, del hedor a orines y excrementos humanos y de la peste a estupefacientes. Dedicó una breve mirada por encima de su hombro a la muchacha, quien agradeció la pausa tras el esfuerzo.

Instintivamente, se había llevado una mano al frío metal que rodeaba su dedo corazón izquierdo y contenía el aliento mientras estudiaba la situación. Cuando saliera del abrazo de las sombras, recibiría el de la luz de varios locales de dudosa reputación. A razón del breve, pero concienzudo, resultado del examen, en la calle a la que daría a parar, encontrarían un local ilegal de apuestas, a juzgar por la aparente discreción en la que parecía cernirse: la luz se filtraba muy tenuemente por debajo de la puerta y entre las tapiadas ventanas con tablones de madera. La joven damisela creyó oír gritos y objetos fracturándose, sofocados por la distancia y el bullicio de otro segundo establecimiento de mala fama a un par de metros. Dos hombres cuyo rostro no alcanzó a distinguir, salieron del concurrido lugar, tambaleándose al mismo tiempo que prometían contemplar muy de cerca los adoquines con los que iban tropezando. Los siguió con la mirada hasta verlos desaparecer tras la esquina donde un tercer local abría sus puertas a una diversión más carnal y libidinosa que los anteriores.

Sin volver la vista atrás, hizo un gesto con la mano para indicarle a su doncella que esperara allí. Tampoco ahora necesitó mirarla para saber que, con cierto recelo, había asentido y obedecería sin réplica alguna.

Tanto como le permitía el roce de las telas de su vestido, tan recargado en detalles como en pesada pedrería, correteó calle abajo, procurando en todo momento no abandonar el amparo de la penumbra y guardar su identidad el mayor tiempo posible. Bajó la calle en dirección contraria a la de los alborotados locales. Los gritos a su espalda fueron apagándose paulatinamente a medida que avanzaba. Seguía aferrada al anillo en su dedo, como si pudiera obtener de él el valor que le faltaba para cruzar la pequeña plaza que se abría ante ella.

Dio unos primeros pasos por la plazoleta, adentrándose en ésta mientras miraba a su alrededor, inspeccionando el lugar. Justo en el mismo centro se alzaba un imponente árbol de tronco voluminoso y curvo que parecía la unión de varios tallos trenzados entre ellos mismos. Las ramas flotaban abundantes y frondosas por el lugar, abarcando gran parte de la plazoleta, aunque lo hacía a pocos metros sobre el lugar en comparación a la grandeza que inspiraba sólo con verlo; apuntaban hacia el cielo, como si trataran de aferrarse a la bóveda y trepar por ésta hasta alcanzar al blanquecino astro rey de la noche. Dándoles hermosos destellos plateados, el brillo de las estrellas se reflectaba sobre cada uno de las ovaladas hojas. Parecían pequeños luceros, una extensión de alguna constelación, en contraste con el oscuro firmamento de fondo.

Movida por la grandeza que inspiraba, se acercó. Advirtió un repentino vacío en su interior. Posó una mano sobre su pecho y trató de tomar una larga bocanada de aire. Era como hallarse al filo de un acantilado con el viento azotándole directamente el rostro, con la presión impidiéndole respirar.

Alzó la mano y estiró los dedos, intentando alcanzar la roída corteza más negra que el ébano y la propia noche. La dejó caer antes de llegar a rozarlo siquiera, repentinamente intimidada por la misma fuerza que la había atraído hasta allí. Un escalofrío amenazó con recorrerle por la espalda, mas consiguió evitarlo. La madera parecía como si hubiera sido consumida por las llamas con anterioridad. De hecho, la damisela pudo advertir un ligero toque a chamusquina entre el aroma a tierra mojada y de las flores que adornaban el lugar. No obstante, salvo por aquel olor, no parecía haber más indicios de que así fuera. Por un momento creyó ver un halo rodeando el árbol. Finalmente, llegó a la conclusión de que había sido un mero producto de su imaginación o, sencillamente, un efecto causado por el reflejo de las estrellas.

Entre las gruesas y largas raíces se produjo un destello que llamo la atención de la joven. Su mirada dio con una rectangular lámina de acero incrustada en una roca perfectamente pulida. Parecía deteriorada con el tiempo. Sensación que tuvo más por la suciedad del metal que por verdadero desgaste. A pesar de la escasa iluminación, acertó a leer lo que rezaba en la inscripción:

“Aquí yacerán los que aguardamos tu retorno de la gruta, redentor, quienes tornarán ansía y pretensión pasadas en único y genuino presente y futuro.

Tus fieles siervos, tus hijos.”

No conocía la cita. No obstante, algo le sugirió que sería mejor así, que su integridad agradecería desconocer el significado. De modo que, aún aturullada por lo que acababa de ocurrir, con la sangre latiéndole contra los oídos, bordeó el árbol y se encaminó hacia el otro lado de la plazoleta.

Sobre una base de piedra de poco más de un metro de altura, se cernía un edificio de dimensiones relativamente reducidas con una estructura circular. Para acceder a la taberna tuvo que subir un tramo de escaleras que constaba con tan sólo cinco escalones. Un local discreto en cuanto a situación geográfica y clientela. El sitio oportuno donde reunirse y conversar sobre secretismos, cultos a lo prohibido y conspiraciones. Apostaría toda su fortuna a que, entre esas paredes, expuesto al calor del fuego y del alcohol, algún asesino habría revelado el crimen y todos los detalles del mismo.

La joven dama inspiró profundamente antes de empujar las puertas de vaivén y entrar con paso decidido. Como cabía de esperar, los pocos parroquianos, lo más probable asiduos al lugar cada noche, dirigieron su mirada hacia ella. Apestaba a alcohol, tabaco y humanidad. La insana mezcla de todos esos olores juntos le pellizcó la nariz y golpeó directamente su estómago, arrebatándole una arcada que disimuló con decoro. Se dirigió hacia la barra, haciendo caso omiso a los comentarios mal disimulados que se alzaban en torno a ella.

A la derecha, en un rincón bajo el cobijo del ardor de la llama de una chimenea, dos hombres disfrutaban de un plato, que la joven identificó como un guiso, acompañado por una hogaza de pan y un vaso de vino para cada uno. Tomaban asiento uno frente a otro. Hablaban animosamente hasta que uno susurró algo y el otro interrumpió la conversación para volverse a mirar a la recién llegada. La joven tragó saliva de forma imperceptible, percibiendo la intensa e impúdica mirada que le dedicaron.

Un par de mesas a la izquierda, otro grupo de hombres la contemplaban impúdicos. La damisela contó hasta cinco y, a juzgar por el abanico de naipes en sus manos, se hallaban inmersos en algún juego de cartas… Por lo menos, hasta que ella irrumpió.

El aire en el ambiente se respiraba tenso. Se sentía una pequeña e inofensiva liebre acorralada entre depredadores que la miraban con depravación, como si sus estómagos rugieran hambrientos tras días sin haber saboreado bocado alguno y, de repente, hubiera aparecido un suculento manjar. Contenía el aliento, alejando de su mente el brillo libidinoso en la mirada de aquellos individuos, procurando hacer caso omiso a los comentarios obscenos que se alzaban en el ambiente y a las risas que provocaban.

-Dígame, mujer, ¿qué ha perdido que viene a buscarlo a semejante lugar y horas? -inquirió el tabernero una vez la joven estuvo lo suficientemente cerca, lustrando la barra de caoba con un retal deshilachado.

-Señora -lo corrigió ella, retirando la vista del rostro de él, impresionada.

Inspiró profundamente, repentinamente atrevida y determinada. Alzó nuevamente sus ojos azules y habló:

-Señora, no mujer -repitió, en un tono que denotaba seguridad en sí misma-. Sepa usted que aquello que busco no es de la incumbencia de vuestra lasciva e inmunda clientela. Por consiguiente, aguardo que sea comprensivo y considere inadecuado atender a toda una señora ante un repulsivo hatajo de retrógradas.

Una sonrisa de dientes amarillentos y torcidos se dibujó en el grasiento rostro del tabernero. La luz de un candelabro se proyectaba sobre él, haciendo que con las sombras parecieran más pronunciadas las marcas de la viruela. La joven advirtió el destello en plata de una fina e irregular marca asomando bajo el parche que cubría el ojo derecho del hombre.

-Aparenta ser todo un caballero -suspiró teatralmente, mostrando durante unos breves segundos una vista más generosa de su escote-. Quizás mi juicio me ha vuelto a traicionar.

La bilis subió por su garganta como un torrente. No creyó posible encontrar allí algo más desagradable y enfermizo que el hedor de aquel lugar. Sin embargo, entre sus conjeturas no había contado con la nauseabunda mirada que le dedicó el tabernero a su busto.

-No os ha engañado, hermosa -respondió él, divertido.

La joven recordó con añoranza aquellos primeros instantes de la noche donde lo más que había temido era mirarlo directamente.

-Es bueno saber que aún quedan hombres con los que poder dialogar. Estará de acuerdo conmigo en que los seres humanos hacen muchas estupideces para conseguir ciertos propósitos y yo ahora mismo necesito que me ayuden a encontrar a alguien.

-¡Oh! Entiendo perfectamente a que se refiere. Sígame, por favor -le indicó con un guiño antes de desaparecer detrás de la barra como por arte de magia.

La joven ahogó una exclamación de sorpresa y se apresuró a rodear la barra. El tímido tintineo de una luz iluminaba una puerta en el suelo. Se remangó las faldas y se sujetó a la escalera que asomaba de la trampilla.

-Me preguntaba por qué una respetuosa dama sería lo suficientemente osada para seguir a un desconocido hasta aquí, sin saber adónde la conducían.

La aludida giró sobre sí misma cuando aterrizó, tambaleándose ligeramente. No había que tener muchas luces para saber que se encontraban en el almacén. Un par de velas, próximas a su consumición, repartidas sobre cajas y algún barril alumbraban el lugar. Había ramos de longanizas y ajos colgando de las paredes y sacos apilados uno sobre otros por todos lados, además de estantes colocadas en filas en medio de la sala repletos de polvorientas botellas y muchos otros utensilios y cachivaches que no supo identificar.

-Probablemente la despensa de vuestra casa sea mucho más grande que el almacén de este humilde local. ¿Me equivoco?

-¿De verdad os interesa saberlo?

-No, en realidad no -respondió el hombre, tomando una manzana del cuenco por cuya superficie llevaba un rato pasando distraídamente los dedos.

Sacó una navaja del bolsillo del pantalón y cortó un gajo antes de ofrecérselo a la joven.

-Agradezco su amabilidad, pero no puedo aceptarla.

-No se encuentra envenenada, querida -comentó, sonriendo divertido con una nota que ella identificó como malicia.

-¿Qué le parece si dejamos de fingir que es usted un mero y honrado tabernero y yo que aún no me he percatado que eso que brilla a su espalda son armas forjadas con acero del Váad?

El hombre arqueó las cejas, sorprendido. Pareció recobrar la compostura inmediatamente y siguió actuando con naturalidad. Se llevó la pieza de fruta a la boca y no esperó a tragar para replicar:

-Debí suponer que era eso de lo que se trataba -respondió con el jugo de la fruta entremezclado con la saliva borboteando por las comisuras y deslizándosele por la barbilla-. Eso de que buscáis a alguien no es más que una patraña.

-¡Qué sagaz! ¿Ha llegado usted solo a esa conclusión? Le comunico que me sorprende… lo lento y reducido de entendederas que ha resultado ser.

La joven dio unos pasos hacia adelante, pero se detuvo al darse cuenta de las intenciones del hombre. Se hizo a un lado con gracia y escuchó como la manzana se estrellaba contra la pared a su espalda.

-No se juega con la comida -protestó ella con los brazos en jarra, empleando el mismo tono que usaban los mayores para sermonear a sus hijos.

El hombre emitió un gruñido en respuesta.

-Lo haremos fácil: tú me dices lo que quiero saber y yo no uso ninguna de esas armas contra ti. Es un buen trato, ¿no te parece? Te advierto que, si tratas de escapar o alcanzar cualquier tipo de armamento, yo seré más veloz y no mostraré reparos en hundir una daga en tu pecho o espalda.

La joven se esforzó en mantener una expresión neutra, aunque lo que realmente sentía era estupor y curiosidad por conocer los motivos por los que el hombre lucía animado y escéptico ante la amenaza.

-Empecemos, ¿cómo un tabernero es capaz de tener acceso a este tipo de armamento?

-¿Por qué debería responderte?

-Comprendo que te parezcan escasos los motivos ya expuestos, mas mi consejo es que no os resistáis -contestó con parsimonia, dejando entrever la empuñadora de un cuchillo bajo la manga izquierda del vestido.

-Algunos seres humanos hacemos estupideces, ¿no es cierto, hija del Salvador? Eso mismo has dicho hace unos instantes.

-Cierto -coincidió ella, rozando con disimulo la empuñadura del arma que escondía bajo el corpiño-. Por lo que a mí respecta, vos mismo sois un necio e insensato que desconoce el verdadero alcance de sus acciones.

-¿Cómo una simple chiquilla osa llamarme necio e insensato a mí cuando es ella la que no sabe nada? De lo contrario, no se encontrarías aquí, exigiendo conocer una información que no posee.

-Por eso mismo eres un necio e insensato: las mismas fuentes de las que obtienes tu conocimiento, serán las encargadas de acabar contigo. Todos los que piensan y actúan como tú, me parecen tan imbéciles que, en ocasiones, llego a sentir hasta lástima.

Una incómoda y siniestra risa gutural se alzó en el almacén, rozaba lo maniaco. El tabernero se despojó del parche que cubría su ojo derecho y dejó al descubierto un ojo completamente blanco que destelló en la oscuridad. La joven se había sorprendido al comprobar que bajo aquel trozo de tela no existía una mera cavidad vacía, sino un ojo carente de pupila e iris, con tan sólo un color.

-Tengo la capacidad de ver cosas que nadie más puede.

Tal vez, sonara contradictorio la afirmación del hombre en contraste con la realidad. Parecía físicamente imposible que pudiera ver más que cualquier otra persona. No obstante, ella sabía de buena tinta que aludía a un concepto sensorial y más abstracto y no a uno material.

-Ese ojo no se ve muy bien -comentó la chica, mordaz-. ¡Uy! Lo siento, no ha sido mi intención. Cualquiera pensaría que esa broma de mal gusto ha sido apropósito.

-Ríe ahora. Ríe cuanto puedas porque pronto llegará mi turno y dejarás de hacerlo.

La joven soltó un bufido mientras ponía los ojos en blanco, fingiendo aburrimiento.

-He contemplado largo rato el futuro. He estudiado todos los bandos posibles y sé que estoy en el correcto. Cuando suenen los tambores y el viento azote el rostro de los combatientes, llegado este momento, por el campo de batalla sólo rodará vuestra sangre, traidores -dijo el tabernero, arrastrando las palabras como si contuviera la rabia y escupiera en la última.

Cual mecha que acaba por consumirse y explota. Así sintió ella consumir su paciencia. Sentía un ardor colérico correr por sus venas, acelerarle el pulso y espolearla a hundir la daga que empuñaba en la carne de aquel tipo repugnante hasta sentir que el calor de su sangre templaba la suya propia. Sin tan siquiera ser consciente, sus piernas, movidas como por resortes, habían dado amplias y ágiles zancadas hasta arrinconar al hombre entre una estantería y el filo de su arma.

Él era, por lo menos, una cabeza y media mayor que ella. Sin embargo, se las había ingeniado para que, a pesar de la diferencia de altura, resultara considerablemente intimidante. Tan cerca como se hallaban, la chica, desafortunadamente, conseguía advertir el nauseabundo aliento de él entremezclándose con el de ella.

Apretó con más fuerza la empuñadura. Hasta tal punto que el dibujo y la gema incrustada en el mango se clavó dolorosamente en su palma. Lo miró directamente a los ojos, sin el menor pudor. A pesar de la situación adversa, éste aparentaba estar pasando un momento de lo más placentero y cautivador. Le enterró ligeramente el filo de la daga en el cuello y observó cómo un hilillo de sangre se precipitó por la garganta del hombre.

-Escucha atentamente -comenzó la joven en un tono amenazador que de por sí invitaba a dar cuantos detalles se precisaran-. Seré benévola y te daré una nueva oportunidad. Exijo saber para quién trabajas y de dónde has sacado este tipo de armamento -señaló con la barbilla las cajas en una estantería cercana.

Lo vio echar la cabeza atrás y abrir la boca, mostrando sus dientes torcidos y amarillentos en un horripilante gesto que trataba de parecer una sonrisa. Pasó la lengua por el contorno superior de la dentadura y la noche fue cortada tres veces. La primera vez cuando un grito horrorizado surgió de entre las sombras para advertir a la joven:

-¡Está maldito! ¡Cuidado, Sam!

La segunda hizo acto de presencia justo después, en el momento en el que la hoja de una navaja rasgó la tela y el acero lamió la carne de ella. El tercero y último tampoco se demoró en llegar. Destelló en la oscuridad y atravesó la sala segando el aire hasta entrar limpiamente en el pecho del hombre. Lo oyó gritar mientras se desplomaba causando un gran estruendo al derribar una estantería.

-¡Sam! -la llamó una voz demasiado familiar como para no reconocerla. Advirtió como la misma persona que gritó su nombre con preocupación, la tomaba entre sus brazos antes de que ella también callera.

-Creo que… nos ha delatado -explicó, tratando de enfocar la vista, aunque con escasos resultados. Se sentía mareada, por lo que no puso reparos cuando su amiga le pasaba un brazo por la cintura para ayudarla a mantener el equilibrio-. Bueno, a mí me ha delatado, tú… sólo te encontrabas escondida… en algún lugar -añadió, haciendo un amplio gesto con el brazo para referirse al almacén-. A ti… no te había visto. Así que… sigues siendo sólo mi… fiel… doncella.

-Estás sangrando, Sam.

-Un… poco, pero estoy… estupendamente -fue lo último que dijo antes de sumergirse en la espesura de la inconsciencia.

jueves, 7 de julio de 2016

Capítulo I


Las noches de invierno comenzaban a endurecerse. El frío había aumentado drásticamente en los últimos días y los más ancianos anunciaban tormentas acompañadas por las primeras nevadas del año. Los campesinos, temerosos, se habían puesto en marcha para procurar conservar la mayor parte de la cosecha. Sin embargo, no eran positivos y predecían grandes pérdidas.

Como todos los inviernos desde hacía ya cinco años, los mismo que tenía su primogénito y único hijo, Aleixandra pasaría la estación en una tranquila casa situada a varios días de la ciudad más cercana.

Tras haber recogido la mesa y limpiado los instrumentos de cocina, se dirigió al salón, dispuesta a avivar la llama que comenzaba a apagarse en la chimenea; se aseguró de que ésta tenía la suficiente madera como para mantenerse viva durante toda la noche. A continuación, reforzó el cierre de las contraventanas y ventanas, así como el seguro de la puerta, un grueso leño que la atravesaba de lado a lado. Realmente, no temía que alguien entrara en medio de la noche, pero desde mediados de día venía alzándose un fuerte viento cuyo murmullo se alzaba como aullidos de lamento, incluso, a través de los muros de la casa.

En el sofá, bajo varias capas de manta, un pequeño bulto se removía inquieto. La mujer rodeó el mueble hasta tomar asiento en el otro lado. Suspiró teatralmente, aunque una parte de sí se hallaba realmente agotada, y exclamó:

-¡Dónde estará este niño! Lo más probable es que me haya abandonado y dejado sóla.

Junto con el crepitar de la chimenea resonó en la sala una risa infantil mal disimulada que llenó el salón proveniente de la pila de mantas. Aleixandra sonrió instintivamente ante semejante sonido. Había algo en la risa de un niño, entre la franqueza y lo pueril, que evocaba en ella una ternura desmesurada. Le resultaba la más ciertas de las evidencias de la nobleza del alma, que con los años se marchita devastado por sentimientos negativos.

-¿Qué será de mí ahora?

Una nueva risa se escapó de debajo de las mantas. Aleixandra se dejó caer sobre éstas, apoyando los antebrazos a ambos lados para no aplastar al pequeño.

-¡Mi pequeño! ¿Adónde habrá escapado?

Unos dedos pequeños y regordetes asomaron al borde de la tela y tiraron lentamente de ésta lo justo y necesario para dejar al descubierto unos rebeldes mechones rubios que caían de cualquier manera sobre unos curiosos ojos verdes que la miraban directamente a los azules de ella. La mujer paso con delicadeza la mano derecha por el cabello del pequeño, apartándoselo hasta ver cada mechón en su sitio.

-Yo no me voy -comentó en susurro el niño a su madre, destapando del todo su rostro, como si confesara un valioso secreto-. Me quedo contigo siempre.

La mujer, conmovida, depositó un suave beso sobre la frente de él, justo entre ambas cejas. Lo contempló largo rato en silencio, salvo por la respiración de ambos arremolinándose y el crepitar del fuego. Desde el mismo día que lo sostuvo entre sus brazos, había grabado en su mente todos y cada uno de los detalles que configuraban la faz de su hijo. Por ello, se sorprendía a sí misma, casi constantemente, repasando las largas y espesas pestañas que le enmarcaban la mirada, de un color esmeralda más puro que la misma gema, ahora con el brillo del fuego reflejado en ellos; siguiendo la curva de su nariz ligeramente redondeada y luego la de sus pequeños labios; pasando la vista por la delicada mandíbula, encontrando, inevitablemente, parecido con…

-¿Me cuentas un cuento, por favor? -interrumpió el niño los pensamientos de su madre de golpe.

-Claro que sí, Eriq -respondió en un suspiro.

La atención que requería su hijo, desde su punto de vista, se hallaba por encima de todo cansancio. Todas las noches así lo hacía y así seguiría siendo hasta que él quisiera. Por ello, olvidó las voces procedentes desde su dormitorio, de una cama que prometía arroparla mientras se reconciliaba con el sueño tras tantas noches sin poder hacerlo.

Un viejo volumen encuadernado en piel de tonos rojizos asomó bajo la pila de mantas. El pequeño lo sostenía delante de su pequeño rostro, como si tratara de esconderse tras éste por miedo a que su madre cambiara de opinión al ver de qué se trataba. Aleixandra pasó distraídamente los dedos sobre la cubierta. El relieve en plata de las letras que le daba nombre, destelló en tonos naranjas y dorados a causa de la llama que mantenía el calor de la casa. O, quizás, simplemente la naturaleza del característico color que había adoptado, tenía su origen en el refulgir de las batallas y la sangre en ellas derramada que se narraban en su interior.

Había algo en la tranquilidad que parecía transmitirle esas historias a su hijo que robaba la suya. No obstante, pese a lo inquietante, Aleixandra jamás se había negado a relatarle las historias. Pues no eran meras invenciones, sino la realidad. Cruel y despiadada, pero, al fin y al cabo, la verdad del pasado sobre el que los humanos construían un futuro.

La mujer parpadeó como si volviera a la realidad, abandonando el calor de la sangre en sus pensamientos, aunque dispuesta a retomarlo cuando tomó entre sus finos y delicados dedos el libro que le pasaba el pequeño.

“Las Doce Descomunales” rezaba en la tapa.

Con dicho título se recordaba a las doce “grandes” (para ella no había nada de grandeza en la devastación) Guerras que en algún momento de la historia había desolado el mundo. Tres de ellas resultaban más destacables, teniendo en cuenta la magnitud de éstas en comparación con las nueve restantes. No precisamente porque en las otras por los campos de batallas no hubiera corrido una inmensa cantidad de sangre; habían sido brutales: desolación, reinos enteros arrasados, continentes incluso… Sino por las posteriores consecuencias y acontecimientos desatados.

Aleixandra pasó la primera página. Aquel tomo debió ser escrito por algún erudito que prefirió mantenerse en el anonimato, pues su posible nombre no rezaba por ningún lado. Sus ágiles dedos continuaron haciendo sucederse las páginas hasta la doce, donde la historia comenzaba a relatarse. Se detuvo para aclararse la garganta y dedicarle una mirada a su hijo, quien la miraba con el brillo de la emoción contenida por volver a oír las devastadoras historias que tanto lo fascinaban:

-“En el comienzo de los tiempos…” -leyó Aleixandra en los labios de su hijo.



“En el comienzo de los tiempos, poco más que inquietante oscuridad pudo palparse. Miles son las leyendas que dan forma a ese irracional temor de la humanidad por lo desconocido. Los dioses, entre distintas religiones, mutan: sus nombres, sus poderes sacados de lo sobrenatural…, mas todos comparten un fin: acallar y apaciguar las masas, propiciando que éstas encuentren razones para adjudicar sentidos, que bien pueden ponerse en tela de juicio, razonables a cuanto son incapaces de razonar.

Llegados a este punto, cabe aclarar que, ciertamente, no importa cómo se formó nuestro mundo, ni ninguna de las miles de teorías que con tanto afán tratan de esclarecer dicho panorama.

Existe una verdad. Única, innegable y común para todas las culturas y creencias. A esta exactitud se la conoce como historia.

La Primera de Las Doce Descomunales es destacable como la más importante, tanto por la, hasta entonces, inédita circunstancia que la envuelve y por los desencadenantes de Guerras venideras. El eje central de La Primera Descomunal, radica en los primeros dos brujos de la historia: Mirko-václav y Hi-Jiram-Hikov.

Las historias cuentan, muchas de ellas rebosantes de floritudas, algo normal teniendo en cuenta la metamorfosis que sufre el don de la palabra desde la tradición oral hasta la escrita, que estos dos hermanos fueron abandonados, indirectamente, por su padre junto a la cordillera que separa el continente de Hiactonum del de Aurumterra. El hombre, incapaz de conseguir alimento siquiera para saciar su propia hambre, en contra de la voluntad de su esposa, vendió a sus hijos a un noble a quien no le desagradaba la idea de conseguir dos siervos. Sin embargo, cansado de los intentos de los muchachos por escapar, los envió sin el menor de los remordimientos a la mencionada cordillera.

Nunca nadie se había adentrado en ella, mucho menos internado en el ancestral bosque que escondía. Hay quien dice que Mirko-Václav y Hi-Jiram-Hikov, sintieron la llamada del hambre, de la supervivencia y otros de algo mucho más poderoso que los sedujo y atrajo hasta la misteriosa, inexplorada e inmensa masa verde.

¿Fue la cristalina agua en la que se reflejaban y de la que bebieron la clave para el cambio? ¿Los aromáticos frutos que comieron? Lo cierto es que resulta imposible datar el proceso. Sin embargo, todas las leyendas, mera fantasía en su totalidad que los humanos usan para dar sentido a lo inexplicable, contienen una pizca de verdad; Mirko-Václav, el mayor de los hermanos, poseía un gran corazón, valiente y justiciero, y el espíritu de la naturaleza, una primitiva magia, por primera vez habitó en el alma de un ser. A su vez, Hi-Jiram-Hikov también recibió sus dones, aunque mucho más reducidos a los de su admirado hermano. Cabe destacar el encandilamiento de este último por el primero, teniendo en cuenta los acontecimientos venideros.

El corazón del mayor de los hermanos resultó no ser tan puro como el progenitor de sus nuevos y colosales poderes, a priori, juzgó. El odio y el desprecio sufrido en sus años más tempranos por parte de aquellos a los que amó, pasó a convertirse en el sentimiento más profundo de venganza y cólera jamás conocido. Abandonó el bosque a lomos de un fiero corcel negro como el ébano, como su corrompida y putrefacta alma, como la noche en la que la más cruel de las muertes ingeniadas a su padre causó.

Aniquiló, devastó y exterminó todo a su paso. Dibujaba sonrisas en su rostro cada vez que le suplicaban clemencia; reía cuando la voz de estos temerosos era acallada por las llamas. Disfrutó la venganza, saboreaba la sangre derramada como el más exquisito de los manjares.

No obstante, a pesar de que contaba con el incondicional apoyo de su hermano, así como de su afecto, en las profundidades de su nigérrimo ser coexistía una crueldad desmedida con el anhelo de ser correspondido por el único par de ojos capaz de robarle el aliento. Perdonó la vida de aquella joven a la cual acababa de conocer y ya deseaba convertir en la reina de su ceniciento y ardiente mundo.

Mirko-Václav ya no sólo tenía el objetivo de la plena destrucción. Arrasaría con cuanto viera, comenzaría una nueva raza, lo haría con la ayuda de la joven a la que al momento de conocer desposó y con la de su hermano, a la que él mismo unió con una mujer a quién auguró un fértil futuro.

Los años pasaron, 12 en concreto. Mirko Václav aún no disfrutaba de la compañía de un sucesor mientras que Hi-Jiram-Hikov contaba con ocho.

La Primera de las Descomunales se reseña en tres términos: un ultimátum, un desenlace y una traición. El primero fue la amenaza que cayó sobre la esposa del primogénito de los hermanos: de no conseguir engendrar en su vientre a un heredero, la asesinaría sin importarle el afecto que pudiera profesarle. El segundo, el cuerpo desnudo de Mirka-Václav sobre el de ella la última noche antes de que concluyera el plazo de la resolución. El tercero, el peligroso brillo de la luna en el filo de la hoja cuando su amada dejó caer la daga, incapaz de atravesarle el corazón mientras contempló a Hi-Jiram-Hikov salir de entre las sombras y completar la conjura en su lugar.

Hi-Jiram-Hikov asesinó una parte de sí mismo al arrebatarle la vida a su propio hermano, mas no mostró arrepentimiento alguno al saber que liberaba al mundo de su tiranía. Liberó la mística energía que yacía en el interior del cuerpo inerte de su hermano, confiando en que la naturaleza no volvería a errar entregando semejante don a cualquiera. A continuación, temiendo que de nuevo recayera demasiado poder sobre un mismo individuo, decidió implementar una serie de medidas para prevenir que tuviera lugar una destrucción, ni de lejos, semejante. Para ello se valió de sus propios dones. Los repartió entre todos sus descendientes de manera equitativa y les encomendó una misión a todas las generaciones presentes y futuras: que salvaguardaran el mundo de la devastación y…



-“… que no cesaran en la labor de mantener el orden entre humanos y seres mágicos.” -concluyó Aleixandra, sin necesidad de dirigir la vista al texto.

Observó a su hijo. Hacía rato ya que había cerrado los ojos y dormía plácidamente. El pecho ascendía y descendía lentamente y su respiración quedaba ahogada por el murmullo del fuego. ¿Se preguntó qué había en esas bélicas historias que conseguía sosegar y mitigarlo de tal forma? Aunque no podía culparlo. En otro tiempo, Aleixandra sintió cómo ejercían en ella el mismo efecto.

viernes, 1 de julio de 2016

Prólogo

Hay mundos fríos, sin agua y oxígeno e inhóspitos, tan alejados de sol que ni siquiera serían capaces de soñar con que se reflejara un rayo de luz sobre su faz. Por el contrario, hay unos donde la especie dominante que los habita aún no conoce el supremo poder del fuego y otros donde, simplemente, hubiera sido mejor no caer en la influencia de éste.
Hay continentes, países y reinos gobernados por tiranos, libertinos, pérfidos, infames, egocéntricos, déspotas, sanguinarios, dictadores, opresores, mezquinos, miserables, codiciosos, traidores... Los hay con un corazón corroído por el afán de poseer todas las riquezas del mundo y otros aún, ingenuos, por corromper.
Hay ciudades capitalinas, periféricas, pioneras, cálidas, desérticas, glaciales, enormes, diminutas, acogedoras, intransitables, de ensueño, aterradores... Unas tan hermosas, como sacadas de un cuento de hadas, harían que nos replanteáramos el burdo concepto de belleza que hasta entonces teníamos. Otras son bañadas por secretismos y sumergidas en misterios, capaces de robar hasta la última pizca de oxígeno y que el ardor de la sangre se convierta en témpano.
Hay personas de apariencias y personalidades dispares, a pesar de los lazos de sangre que las hermanen. Existen valientes, nobles, cobardes, apuestos, desafortunados, afortunados, aventureros, inestables, empáticos, amables, rufianes, proscritos, avispados, necios, elocuentes, embusteros... Hay osados que se atreven a creerse libres, sin caer en la cuenta de cómo son empleados cual simples títeres por aquellos que mueven los hilos, sin saber que nuestras palabras, pasiones, cualidades y defectos también nos esclaviza.
Hay milenios, siglos, años, meses, días y noches, horas, minutos, segundos... A veces, el tiempo pasa de manera intrascendente, sin ser conscientes realmente de cómo transcurre el ciclo de la vida, como un proceso con principio y fin en el que acatar una rutina se convierte en un imperativo, prácticamente, innegociable, sin cambios y variaciones perceptibles.
Hay milésimas de segundos... Tiempo suficiente para cambiar el curso de toda una historia.

LL