Hacía ya varias horas que
la luna se había alzado en lo más alto, tomando asiento en su privilegiado
trono forjado entre constelaciones. La oscuridad se extendía sobre el pueblo y
lo engulliría todo a su paso, de no ser por el fulgor de las estrellas y el
brillo de los garitos de mala muerte que inundaban todo con su luz y barullo.
Calles y callejones tejían
una no muy extensa telaraña. Podían encontrarse diversas viviendas repartidas sin
sistemática ni simetría. La mayoría de éstas formaban parte de edificios en
cuya planta inferior se hallaba algún negocio y en las superiores las viviendas.
Sin embargo, no abundaban este tipo de construcciones, pues era a los
alrededores de las afueras del pueblo era donde se concentraban los lugares
residenciales. De modo que, prácticamente, todas las edificaciones eran
comercios, cantinas y alguna botica, entre otros.
Atravesar el extrarradio
con discreción y sin llamar la atención, le había resultado sencillo; por
fortuna, sólo una minoría de los habitantes aún permanecía despierta. Lo más
complejo resultó adentrarse en el principal centro de actividad del pueblo,
caminar por sus calles eludiendo cualquier luz, destello y habitante que
revelara su posición.
Torció a la derecha y
remangó sus faldas, apretando el paso al adentrarse en un callejón. El replique
del taconeo de sus botas se alzó en mitad de la noche, ahora el doble de
rápido, aunque quedaba ahogado por el de su doncella y la respiración acelerada
de ésta. Se detuvo un momento antes de salir del callejón, no precisamente
porque se declarase amante de las ratas cuyos ojos destellaban en ámbar entre
las sombras, del hedor a orines y excrementos humanos y de la peste a
estupefacientes. Dedicó una breve mirada por encima de su hombro a la muchacha,
quien agradeció la pausa tras el esfuerzo.
Instintivamente, se había llevado
una mano al frío metal que rodeaba su dedo corazón izquierdo y contenía el
aliento mientras estudiaba la situación. Cuando saliera del abrazo de las
sombras, recibiría el de la luz de varios locales de dudosa reputación. A razón
del breve, pero concienzudo, resultado del examen, en la calle a la que daría a
parar, encontrarían un local ilegal de apuestas, a juzgar por la aparente
discreción en la que parecía cernirse: la luz se filtraba muy tenuemente por
debajo de la puerta y entre las tapiadas ventanas con tablones de madera. La
joven damisela creyó oír gritos y objetos fracturándose, sofocados por la
distancia y el bullicio de otro segundo establecimiento de mala fama a un par
de metros. Dos hombres cuyo rostro no alcanzó a distinguir, salieron del
concurrido lugar, tambaleándose al mismo tiempo que prometían contemplar muy de
cerca los adoquines con los que iban tropezando. Los siguió con la mirada hasta
verlos desaparecer tras la esquina donde un tercer local abría sus puertas a una
diversión más carnal y libidinosa que los anteriores.
Sin volver la vista atrás,
hizo un gesto con la mano para indicarle a su doncella que esperara allí.
Tampoco ahora necesitó mirarla para saber que, con cierto recelo, había
asentido y obedecería sin réplica alguna.
Tanto como le permitía el
roce de las telas de su vestido, tan recargado en detalles como en pesada
pedrería, correteó calle abajo, procurando en todo momento no abandonar el
amparo de la penumbra y guardar su identidad el mayor tiempo posible. Bajó la
calle en dirección contraria a la de los alborotados locales. Los gritos a su
espalda fueron apagándose paulatinamente a medida que avanzaba. Seguía aferrada
al anillo en su dedo, como si pudiera obtener de él el valor que le faltaba
para cruzar la pequeña plaza que se abría ante ella.
Dio unos primeros pasos por
la plazoleta, adentrándose en ésta mientras miraba a su alrededor,
inspeccionando el lugar. Justo en el mismo centro se alzaba un imponente árbol
de tronco voluminoso y curvo que parecía la unión de varios tallos trenzados
entre ellos mismos. Las ramas flotaban abundantes y frondosas por el lugar,
abarcando gran parte de la plazoleta, aunque lo hacía a pocos metros sobre el
lugar en comparación a la grandeza que inspiraba sólo con verlo; apuntaban
hacia el cielo, como si trataran de aferrarse a la bóveda y trepar por ésta
hasta alcanzar al blanquecino astro rey de la noche. Dándoles hermosos
destellos plateados, el brillo de las estrellas se reflectaba sobre cada uno de
las ovaladas hojas. Parecían pequeños luceros, una extensión de alguna
constelación, en contraste con el oscuro firmamento de fondo.
Movida por la grandeza que
inspiraba, se acercó. Advirtió un repentino vacío en su interior. Posó una mano
sobre su pecho y trató de tomar una larga bocanada de aire. Era como hallarse
al filo de un acantilado con el viento azotándole directamente el rostro, con
la presión impidiéndole respirar.
Alzó la mano y estiró los
dedos, intentando alcanzar la roída corteza más negra que el ébano y la propia
noche. La dejó caer antes de llegar a rozarlo siquiera, repentinamente
intimidada por la misma fuerza que la había atraído hasta allí. Un escalofrío
amenazó con recorrerle por la espalda, mas consiguió evitarlo. La madera
parecía como si hubiera sido consumida por las llamas con anterioridad. De
hecho, la damisela pudo advertir un ligero toque a chamusquina entre el aroma a
tierra mojada y de las flores que adornaban el lugar. No obstante, salvo por
aquel olor, no parecía haber más indicios de que así fuera. Por un momento
creyó ver un halo rodeando el árbol. Finalmente, llegó a la conclusión de que
había sido un mero producto de su imaginación o, sencillamente, un efecto
causado por el reflejo de las estrellas.
Entre las gruesas y largas
raíces se produjo un destello que llamo la atención de la joven. Su mirada dio
con una rectangular lámina de acero incrustada en una roca perfectamente
pulida. Parecía deteriorada con el tiempo. Sensación que tuvo más por la
suciedad del metal que por verdadero desgaste. A pesar de la escasa
iluminación, acertó a leer lo que rezaba en la inscripción:
“Aquí yacerán los que aguardamos tu retorno de la gruta, redentor, quienes
tornarán ansía y pretensión pasadas en único y genuino presente y futuro.
Tus fieles siervos, tus hijos.”
No conocía la cita. No
obstante, algo le sugirió que sería mejor así, que su integridad agradecería
desconocer el significado. De modo que, aún aturullada por lo que acababa de ocurrir,
con la sangre latiéndole contra los oídos, bordeó el árbol y se encaminó hacia
el otro lado de la plazoleta.
Sobre una base de piedra de
poco más de un metro de altura, se cernía un edificio de dimensiones
relativamente reducidas con una estructura circular. Para acceder a la taberna
tuvo que subir un tramo de escaleras que constaba con tan sólo cinco escalones.
Un local discreto en cuanto a situación geográfica y clientela. El sitio
oportuno donde reunirse y conversar sobre secretismos, cultos a lo prohibido y
conspiraciones. Apostaría toda su fortuna a que, entre esas paredes, expuesto
al calor del fuego y del alcohol, algún asesino habría revelado el crimen y
todos los detalles del mismo.
La joven dama inspiró
profundamente antes de empujar las puertas de vaivén y entrar con paso
decidido. Como cabía de esperar, los pocos parroquianos, lo más probable
asiduos al lugar cada noche, dirigieron su mirada hacia ella. Apestaba a
alcohol, tabaco y humanidad. La insana mezcla de todos esos olores juntos le
pellizcó la nariz y golpeó directamente su estómago, arrebatándole una arcada
que disimuló con decoro. Se dirigió hacia la barra, haciendo caso omiso a los
comentarios mal disimulados que se alzaban en torno a ella.
A la derecha, en un rincón
bajo el cobijo del ardor de la llama de una chimenea, dos hombres disfrutaban
de un plato, que la joven identificó como un guiso, acompañado por una hogaza
de pan y un vaso de vino para cada uno. Tomaban asiento uno frente a otro. Hablaban
animosamente hasta que uno susurró algo y el otro interrumpió la conversación
para volverse a mirar a la recién llegada. La joven tragó saliva de forma
imperceptible, percibiendo la intensa e impúdica mirada que le dedicaron.
Un par de mesas a la
izquierda, otro grupo de hombres la contemplaban impúdicos. La damisela contó
hasta cinco y, a juzgar por el abanico de naipes en sus manos, se hallaban
inmersos en algún juego de cartas… Por lo menos, hasta que ella irrumpió.
El aire en el ambiente se
respiraba tenso. Se sentía una pequeña e inofensiva liebre acorralada entre
depredadores que la miraban con depravación, como si sus estómagos rugieran
hambrientos tras días sin haber saboreado bocado alguno y, de repente, hubiera
aparecido un suculento manjar. Contenía el aliento, alejando de su mente el
brillo libidinoso en la mirada de aquellos individuos, procurando hacer caso
omiso a los comentarios obscenos que se alzaban en el ambiente y a las risas
que provocaban.
-Dígame, mujer, ¿qué ha
perdido que viene a buscarlo a semejante lugar y horas? -inquirió el tabernero
una vez la joven estuvo lo suficientemente cerca, lustrando la barra de caoba
con un retal deshilachado.
-Señora -lo corrigió ella,
retirando la vista del rostro de él, impresionada.
Inspiró profundamente,
repentinamente atrevida y determinada. Alzó nuevamente sus ojos azules y habló:
-Señora, no mujer -repitió,
en un tono que denotaba seguridad en sí misma-. Sepa usted que aquello que
busco no es de la incumbencia de vuestra lasciva e inmunda clientela. Por
consiguiente, aguardo que sea comprensivo y considere inadecuado atender a toda
una señora ante un repulsivo hatajo de retrógradas.
Una sonrisa de dientes
amarillentos y torcidos se dibujó en el grasiento rostro del tabernero. La luz
de un candelabro se proyectaba sobre él, haciendo que con las sombras
parecieran más pronunciadas las marcas de la viruela. La joven advirtió el
destello en plata de una fina e irregular marca asomando bajo el parche que
cubría el ojo derecho del hombre.
-Aparenta ser todo un
caballero -suspiró teatralmente, mostrando durante unos breves segundos una
vista más generosa de su escote-. Quizás mi juicio me ha vuelto a traicionar.
La bilis subió por su
garganta como un torrente. No creyó posible encontrar allí algo más
desagradable y enfermizo que el hedor de aquel lugar. Sin embargo, entre sus
conjeturas no había contado con la nauseabunda mirada que le dedicó el
tabernero a su busto.
-No os ha engañado, hermosa
-respondió él, divertido.
La joven recordó con
añoranza aquellos primeros instantes de la noche donde lo más que había temido
era mirarlo directamente.
-Es bueno saber que aún
quedan hombres con los que poder dialogar. Estará de acuerdo conmigo en que los
seres humanos hacen muchas estupideces para conseguir ciertos propósitos y yo
ahora mismo necesito que me ayuden a encontrar a alguien.
-¡Oh! Entiendo
perfectamente a que se refiere. Sígame, por favor -le indicó con un guiño antes
de desaparecer detrás de la barra como por arte de magia.
La joven ahogó una
exclamación de sorpresa y se apresuró a rodear la barra. El tímido tintineo de
una luz iluminaba una puerta en el suelo. Se remangó las faldas y se sujetó a
la escalera que asomaba de la trampilla.
-Me preguntaba por qué una
respetuosa dama sería lo suficientemente osada para seguir a un desconocido
hasta aquí, sin saber adónde la conducían.
La aludida giró sobre sí
misma cuando aterrizó, tambaleándose ligeramente. No había que tener muchas
luces para saber que se encontraban en el almacén. Un par de velas, próximas a
su consumición, repartidas sobre cajas y algún barril alumbraban el lugar.
Había ramos de longanizas y ajos colgando de las paredes y sacos apilados uno
sobre otros por todos lados, además de estantes colocadas en filas en medio de
la sala repletos de polvorientas botellas y muchos otros utensilios y
cachivaches que no supo identificar.
-Probablemente la despensa
de vuestra casa sea mucho más grande que el almacén de este humilde local. ¿Me
equivoco?
-¿De verdad os interesa
saberlo?
-No, en realidad no
-respondió el hombre, tomando una manzana del cuenco por cuya superficie
llevaba un rato pasando distraídamente los dedos.
Sacó una navaja del
bolsillo del pantalón y cortó un gajo antes de ofrecérselo a la joven.
-Agradezco su amabilidad,
pero no puedo aceptarla.
-No se encuentra
envenenada, querida -comentó, sonriendo divertido con una nota que ella
identificó como malicia.
-¿Qué le parece si dejamos
de fingir que es usted un mero y honrado tabernero y yo que aún no me he
percatado que eso que brilla a su espalda son armas forjadas con acero del
Váad?
El hombre arqueó las cejas,
sorprendido. Pareció recobrar la compostura inmediatamente y siguió actuando
con naturalidad. Se llevó la pieza de fruta a la boca y no esperó a tragar para
replicar:
-Debí suponer que era eso
de lo que se trataba -respondió con el jugo de la fruta entremezclado con la
saliva borboteando por las comisuras y deslizándosele por la barbilla-. Eso de
que buscáis a alguien no es más que una patraña.
-¡Qué sagaz! ¿Ha llegado
usted solo a esa conclusión? Le comunico que me sorprende… lo lento y reducido
de entendederas que ha resultado ser.
La joven dio unos pasos
hacia adelante, pero se detuvo al darse cuenta de las intenciones del hombre.
Se hizo a un lado con gracia y escuchó como la manzana se estrellaba contra la
pared a su espalda.
-No se juega con la comida
-protestó ella con los brazos en jarra, empleando el mismo tono que usaban los
mayores para sermonear a sus hijos.
El hombre emitió un gruñido
en respuesta.
-Lo haremos fácil: tú me
dices lo que quiero saber y yo no uso ninguna de esas armas contra ti. Es un
buen trato, ¿no te parece? Te advierto que, si tratas de escapar o alcanzar
cualquier tipo de armamento, yo seré más veloz y no mostraré reparos en hundir
una daga en tu pecho o espalda.
La joven se esforzó en
mantener una expresión neutra, aunque lo que realmente sentía era estupor y
curiosidad por conocer los motivos por los que el hombre lucía animado y
escéptico ante la amenaza.
-Empecemos, ¿cómo un
tabernero es capaz de tener acceso a este tipo de armamento?
-¿Por qué debería
responderte?
-Comprendo que te parezcan
escasos los motivos ya expuestos, mas mi consejo es que no os resistáis
-contestó con parsimonia, dejando entrever la empuñadora de un cuchillo bajo la
manga izquierda del vestido.
-Algunos seres humanos
hacemos estupideces, ¿no es cierto, hija del Salvador? Eso mismo has dicho hace
unos instantes.
-Cierto -coincidió ella,
rozando con disimulo la empuñadura del arma que escondía bajo el corpiño-. Por
lo que a mí respecta, vos mismo sois un necio e insensato que desconoce el
verdadero alcance de sus acciones.
-¿Cómo una simple chiquilla
osa llamarme necio e insensato a mí cuando es ella la que no sabe nada? De lo
contrario, no se encontrarías aquí, exigiendo conocer una información que no
posee.
-Por eso mismo eres un
necio e insensato: las mismas fuentes de las que obtienes tu conocimiento,
serán las encargadas de acabar contigo. Todos los que piensan y actúan como tú,
me parecen tan imbéciles que, en ocasiones, llego a sentir hasta lástima.
Una incómoda y siniestra
risa gutural se alzó en el almacén, rozaba lo maniaco. El tabernero se despojó
del parche que cubría su ojo derecho y dejó al descubierto un ojo completamente
blanco que destelló en la oscuridad. La joven se había sorprendido al comprobar
que bajo aquel trozo de tela no existía una mera cavidad vacía, sino un ojo
carente de pupila e iris, con tan sólo un color.
-Tengo la capacidad de ver
cosas que nadie más puede.
Tal vez, sonara
contradictorio la afirmación del hombre en contraste con la realidad. Parecía
físicamente imposible que pudiera ver más que cualquier otra persona. No
obstante, ella sabía de buena tinta que aludía a un concepto sensorial y más
abstracto y no a uno material.
-Ese ojo no se ve muy bien
-comentó la chica, mordaz-. ¡Uy! Lo siento, no ha sido mi intención. Cualquiera
pensaría que esa broma de mal gusto ha sido apropósito.
-Ríe ahora. Ríe cuanto
puedas porque pronto llegará mi turno y dejarás de hacerlo.
La joven soltó un bufido mientras
ponía los ojos en blanco, fingiendo aburrimiento.
-He contemplado largo rato
el futuro. He estudiado todos los bandos posibles y sé que estoy en el
correcto. Cuando suenen los tambores y el viento azote el rostro de los combatientes,
llegado este momento, por el campo de batalla sólo rodará vuestra sangre,
traidores -dijo el tabernero, arrastrando las palabras como si contuviera la
rabia y escupiera en la última.
Cual mecha que acaba por
consumirse y explota. Así sintió ella consumir su paciencia. Sentía un ardor colérico
correr por sus venas, acelerarle el pulso y espolearla a hundir la daga que
empuñaba en la carne de aquel tipo repugnante hasta sentir que el calor de su
sangre templaba la suya propia. Sin tan siquiera ser consciente, sus piernas,
movidas como por resortes, habían dado amplias y ágiles zancadas hasta arrinconar
al hombre entre una estantería y el filo de su arma.
Él era, por lo menos, una
cabeza y media mayor que ella. Sin embargo, se las había ingeniado para que, a
pesar de la diferencia de altura, resultara considerablemente intimidante. Tan
cerca como se hallaban, la chica, desafortunadamente, conseguía advertir el
nauseabundo aliento de él entremezclándose con el de ella.
Apretó con más fuerza la
empuñadura. Hasta tal punto que el dibujo y la gema incrustada en el mango se
clavó dolorosamente en su palma. Lo miró directamente a los ojos, sin el menor
pudor. A pesar de la situación adversa, éste aparentaba estar pasando un
momento de lo más placentero y cautivador. Le enterró ligeramente el filo de la
daga en el cuello y observó cómo un hilillo de sangre se precipitó por la
garganta del hombre.
-Escucha atentamente
-comenzó la joven en un tono amenazador que de por sí invitaba a dar cuantos
detalles se precisaran-. Seré benévola y te daré una nueva oportunidad. Exijo
saber para quién trabajas y de dónde has sacado este tipo de armamento -señaló
con la barbilla las cajas en una estantería cercana.
Lo vio echar la cabeza
atrás y abrir la boca, mostrando sus dientes torcidos y amarillentos en un horripilante
gesto que trataba de parecer una sonrisa. Pasó la lengua por el contorno
superior de la dentadura y la noche fue cortada tres veces. La primera vez
cuando un grito horrorizado surgió de entre las sombras para advertir a la
joven:
-¡Está maldito! ¡Cuidado,
Sam!
La segunda hizo acto de
presencia justo después, en el momento en el que la hoja de una navaja rasgó la tela y
el acero lamió la carne de ella. El tercero y último tampoco se demoró en
llegar. Destelló en la oscuridad y atravesó la sala segando el aire hasta
entrar limpiamente en el pecho del hombre. Lo oyó gritar mientras se desplomaba
causando un gran estruendo al derribar una estantería.
-¡Sam! -la llamó una voz
demasiado familiar como para no reconocerla. Advirtió como la misma persona que
gritó su nombre con preocupación, la tomaba entre sus brazos antes de que ella también
callera.
-Creo que… nos ha delatado
-explicó, tratando de enfocar la vista, aunque con escasos resultados. Se
sentía mareada, por lo que no puso reparos cuando su amiga le pasaba un brazo
por la cintura para ayudarla a mantener el equilibrio-. Bueno, a mí me ha
delatado, tú… sólo te encontrabas escondida… en algún lugar -añadió, haciendo
un amplio gesto con el brazo para referirse al almacén-. A ti… no te había
visto. Así que… sigues siendo sólo mi… fiel… doncella.
-Estás sangrando, Sam.
-Un… poco, pero estoy…
estupendamente -fue lo último que dijo antes de sumergirse en la espesura de la
inconsciencia.